Nina Villagrán yacía sobre una camilla de exploración rodeada de aparatos médicos, mientras escuchaba la conversación entre un hombre y una mujer.
—La hija mayor de la familia Cárdenas tiene una maldita suerte —dijo el hombre—. Apenas llegó del pueblo buscando a su familia y su papá ya la manda al quirófano para sacarle un riñón. Es una lástima, con lo guapa que está.
—Baja la voz —advirtió la mujer—, ella no sabe que le van a quitar un riñón.
El hombre soltó una risa burlona.
—¿De qué te preocupas? Le inyectaron suficiente anestesia para que duerma hasta que termine la cirugía. ¿Ya salieron los resultados de compatibilidad?
—Ya, cumple con los requisitos para el trasplante. La enfermedad del señor Cárdenas ha empeorado y no se puede posponer más, la operación está programada para esta noche a las siete.
El hombre levantó la camiseta de Nina y deslizó la yema de sus dedos suavemente sobre su cintura.
—Dañar una piel tan suave y tersa... de verdad me duele en el alma.
Cuando el hombre quiso propasarse, Nina abrió los ojos de golpe, con una mirada tan fría que parecía capaz de matar.
La mujer palideció del susto.
—¡Despertó! Rápido, ponle la inyección intravenosa.
El hombre tomó el anestésico con rapidez e intentó acercarse, pero Nina le propinó un revés en la cara con todas sus fuerzas.
—¿Crees que un cerdo asqueroso como tú puede ponerme una mano encima?
La jeringa cayó al suelo.
Nina no le dio tiempo de reaccionar; levantó su larga pierna y le asestó una patada brutal en el pecho.
El hombre salió volando como un muñeco de trapo y, al caer, escupió una bocanada de sangre.
Al ver que la situación se salía de control, la mujer corrió hacia la puerta para escapar.
Pero antes de que pudiera tocar la manija, sintió un entumecimiento en todo el cuerpo; una aguja de plata, fina como un cabello, se le había clavado en la nuca.
Al girar la vista, vio a Nina jugando con un bolígrafo giratorio de diseño único.
La aguja había salido disparada desde el interior de ese bolígrafo giratorio.
—¿Pero qué demonios...?
Antes de poder terminar la frase, la mujer se desplomó inconsciente sin previo aviso.
Pero había una condición: Nina debía ir a ese hospital privado para una prueba de paternidad.
Nina no esperaba nada de ese parentesco, solo tenía curiosidad: ¿por qué Gonzalo la buscaba de repente? ¿Había algún plan sucio detrás?
Así que les siguió el juego para ver qué tramaban.
Y, efectivamente, el asunto no era tan simple.
Gonzalo no quería compensarla; solo le interesaban sus órganos para donarle un riñón al precioso heredero que su madrastra le había dado a la familia Cárdenas y así salvarle la vida.
¡Bien! ¡Perfecto!
El lema de Nina era simple: si no se meten conmigo, no me meto con nadie; pero si me atacan, ¡los destruyo!
Si la familia Cárdenas quería robarle un órgano, ella se encargaría de devolverles el favor con un regalo sorpresa muy especial.
Al mismo tiempo, en el restaurante del último piso del Hotel Grand Majestic, se llevaba a cabo una ceremonia de firmas.
Los Corbalán, una familia con cien años de historia, ocupaban una posición suprema en Puerto Neón.

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