Nina, al ser separada, se mostró un poco disgustada.
—Papá, no nos hemos visto en más de un año, ¿por qué no sonríes al verme?
Diciendo esto, tuvo la osadía de usar ambas manos para estirar las comisuras de los labios de Andrés, forzándolo a sonreír.
—Siempre con esa cara larga, ten cuidado o un día mi mamá se va a cansar y te va a dejar.
Por hocicona, Nina se ganó un leve golpe en la cabeza por parte de Andrés.
Nina corrió al instante a quejarse con Jimena.
—Mamá, ¡dile algo a tu esposo!
Jimena estaba acostumbrada a la dinámica entre padre e hija.
Sonrió con resignación y se volvió hacia Máximo, que seguía petrificado.
—Escuché a Nina decir que eres hijo de Frida, ¿verdad?
Al escuchar el nombre de su madre, Máximo reaccionó tardíamente y asintió.
—Ah, sí, así es.
Jimena continuó:
—Hace años que no veo a mi buena amiga. No esperaba que, dando tantas vueltas, mi hija terminara casada con su hijo.
—No hay mejor día que hoy, llévame a ver a Frida.
Hasta que Máximo llevó a Nina y a sus padres a la Mansión Corbalán, su mente seguía flotando.
En el camino a la villa, Nina y Máximo iban en el mismo coche.
Ella le explicó brevemente por qué sus padres lucían así.
—¿Recuerdas que te conté que le di a mi mamá una pastilla experimental?
—Ese experimento era un gen de reversión de edad que me hizo exprimirme el cerebro para desarrollar.
—Ya viste cómo se ve mi mamá. Esa belleza fue la razón por la que mi papá se obsesionó con ella en su momento.
Máximo no tenía objeción a eso.
A los diez años, el sentido del bien y del mal de Nina aún no había madurado.
Además, sus padres, su padre adoptivo y Simón, todos la trataban como a una princesa.
No sabía que causar problemas implicaba un castigo.
E incluso mientras la regañaban, ella argumentaba con convicción que lo había hecho por el bien de su mamá.
Su mamá era tan hermosa que no debía enfrentar la vejez, por eso investigó el gen de la juventud.
Por supuesto, esa lógica le valió una buena tunda de parte de su padre.
Después de siete días de coma, Jimena despertó.
Al despertar, su cuerpo comenzó a cambiar gradualmente.
El gen que Nina desarrolló a los diez años resultó no ser un juego de niños.
En menos de medio año, Jimena, que ya tenía treinta y cinco, se volvía más joven cada día.
Dado que el invento de Nina no había sido probado en humanos antes, Andrés temía que el cuerpo de su esposa pudiera correr peligro en el futuro, así que obligó a Nina a darle una pastilla a él también.

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