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No Tan Bruja (Nina y Maximo) romance Capítulo 1050

Sin importar cuán fría sea su apariencia, los padres siempre llevarán a sus hijas en lo más profundo de su corazón.

Máximo asintió apresuradamente.

—Descuide, suegro, trataré muy bien a Nina.

Andrés esbozó una sonrisa burlona.

—Lo que quiero decir es que trates de que el que no sufra agravios seas tú.

Máximo se quedó sin palabras.

Quería refutar algo.

Pero, pensándolo bien, después de convivir tanto tiempo con Nina, el que más sufría abusos parecía ser él.

Definitivamente, nadie conoce a su hija mejor que su padre.

Lo que dijo Andrés a continuación terminó de cambiar la perspectiva de Máximo.

—Mientras tú mantengas la calma, ella no armará escándalos.

—Si no arma escándalos, no tendrá motivos para llamar a mi esposa a cada rato.

—Y si no llama para molestar, no interrumpirá mi tiempo a solas con mi mujer.

Así que los hijos son una cruz que hay que cargar.

Aunque a Andrés le importaban sus hijos, también le molestaba que estuvieran rondando frente a él sin motivo.

¡Máximo estaba atónito!

¿Esas eran palabras de un padre?

Era evidente que su esposa acababa de ser despreciada por su propio padre.

La visita de Andrés y Jimena a Puerto Neón era, de hecho, para asistir a la boda de su hija el próximo día seis.

—Esta es la dote que la familia Dávila ha preparado para nuestra hija.

Jimena no soportaba la idea de que su hija se casara tan joven, sin haber terminado la universidad y embarazada de gemelos.

Como todas las madres, a Jimena le costaba aceptar esa realidad.

Pero el destino de su hija era diferente al de la gente común.

Jimena sonrió.

—Hay que seguir las formalidades. Estos bienes materiales son también un respaldo de nosotros, los padres, para la joven pareja.

Nina abrió la caja con curiosidad.

Además de títulos de propiedad de locales comerciales en varias ubicaciones, había acuerdos de transferencia de acciones.

—¿El veinticinco por ciento de las acciones de Grupo Dávila?

Nina revisó el acuerdo.

—Papá, ¿para qué me das esto?

Aunque Andrés no sonreía mucho, su amor por su hija era igual al de su esposa: bajo ninguna circunstancia permitiría que ella pasara necesidades.

—Las acciones de la empresa se dividen a partes iguales entre tú y tu hermano. Su parte se la daré de la misma manera cuando él se case.

Jimena era una mujer del norte; y en la educación de los hijos, los norteños son directos y justos; para ella no había diferencia entre hijo e hija.

Aunque su esposo fuera de San Juan de la Costa, esa regla debía seguirse a su manera.

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