—Mamá, no me siento bien, me voy yendo.
Tras despedirse de la señora Benítez, Nancy salió apresuradamente del salón de eventos.
Afuera llovía a cántaros y el retumbar de los truenos pasaba de un bajo gruñido a estruendos cada vez más fuertes.
Nina parecía tenerle pavor a los truenos, pues instintivamente se encogió en los brazos de Máximo.
Máximo, sin dudarlo, levantó a su esposa en brazos y caminó directo hacia el coche.
Yeray sostenía un enorme paraguas negro, escoltando a la pareja hasta que estuvieron seguros dentro del vehículo.
Bajo la mirada inyectada de odio de Nancy, el coche arrancó, levantando cortinas de agua mientras se alejaba a toda velocidad.
Si no se hubieran separado años atrás, ¿sería ella la mujer en los brazos de Máximo esta noche?
Cuanto más lo pensaba Nancy, más rabia y celos sentía.
¿Por qué ella, que debería tener una vida brillante, había terminado en esta situación tan lamentable?
Por desgracia, su marido, que solo lo era de nombre, jamás haría algo así por ella.
En ese momento, un sedán negro se detuvo frente a la entrada.
Cuando la puerta se abrió, Nancy vio un rostro familiar.
Era Enzo Salgado, a quien no había visto en días.
La última vez que se vieron fue cuando él le propuso matrimonio en aquel restaurante giratorio.
Con el paso del tiempo, ese incidente parecía haber quedado en el olvido para ella.
Enzo, sosteniendo un paraguas, caminó hacia Nancy con una sonrisa.
—La lluvia está muy fuerte esta noche, Nancy. Yo te llevo.
Nancy quiso rechazarlo, pero al pensar que solo le quedaba Enzo, ese eterno enamorado que seguía tratándola bien a pesar de todo, sintió un poco de lástima y aceptó.
Subió al auto. Enzo le abrochó el cinturón de seguridad y arrancó, conduciendo velozmente bajo la lluvia.
En el camino, Enzo rompió el silencio:
—Nancy, te casaste y fue un evento enorme. ¿Cómo es que no me avisaste? Debería haberte enviado un regalo en tu gran día.
Nancy soltó una risa seca, sin ánimos.

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