Sin embargo, Alicia era muy lúcida en cuestiones emocionales. Aunque alguna vez amó profundamente a ese hombre, no iba a enredarse con él ahora que tenía esposa.
Santino estaba muy alterado.
—Ali, ¿sabes que mi matrimonio fue forzado? Me obligaron.
Alicia soltó una risa fría. —¿Y? ¿Qué quieres decir con eso?
Santino la miró con intensidad ardiente.
—Estuve buscándote todo este tiempo que desapareciste.
—Qué ridículo —dijo Alicia—. Ya te casaste y me vienes a buscar. ¿Qué quieres? ¿Que sea tu amante?
Al pensar en la situación de ambos, Santino sintió un dolor insoportable.
—Perdóname. Sé que te fallé.
Alicia pensaba que «perdóname» era la palabra más barata en el amor.
—Santino, hay trenes que solo pasan una vez. Si se pierden, se pierden para siempre.
Santino no se resignaba a que su historia terminara así. Volvió a tomar la muñeca de Alicia, su expresión se tornó grave.
—Dame tres años…
Alicia se rio. —¿Y en tres años qué? ¿Te divorcias? ¿Y yo qué? ¿Me convierto en tu plato de segunda mesa?
Alicia se soltó de nuevo.
—No seas ingenuo, Santino. Aunque yo estuviera dispuesta a esperarte, ¿quién te garantiza que nuestros sentimientos no se van a podrir en el proceso?
—Además, mi amor propio vale más de lo que crees. Me abandonaron, no me voy a quedar aquí parada esperando como tonta.
—Acepta la realidad: no estamos destinados a estar juntos. La vida sigue, no tiene caso quedarse estancado lamentándose.
Santino abrazó a Alicia con fuerza, y las lágrimas rodaron por sus mejillas en silencio.
Sabía que si la soltaba, perdería a esa chica para siempre, pero no tenía otra opción que dejarla ir.
—Lo siento, en esta vida te fallé. Si hay otra vida…
Santino no pudo terminar la frase. Las palabras se le atoraron en la garganta.

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