Con el recordatorio de Yeray, Máximo recordó de golpe que, antes de salir esa mañana, Nina había mencionado eso.
Ordenó a Yeray dar la vuelta de inmediato y dirigirse a toda velocidad hacia la villa de Luciano.
Máximo también llamó a Luciano al mismo tiempo para preguntar si Nina estaba con él.
Pero cuanto más urgencia hay, más cosas salen mal.
El celular de Luciano, que un momento antes tenía señal, de repente indicó que estaba apagado.
Nina no sabía que, durante ese rato, Máximo se había vuelto loco buscándola.
Luciano tampoco sabía que su teléfono, que había dejado en la recámara, se había quedado sin batería por las llamadas incesantes de Máximo.
En la Mansión Monroy, Nina charló un poco más con Luciano y Silvia, y solo entonces se dio cuenta de que no traía su celular.
Lo más probable era que lo hubiera olvidado en el auto de nuevo.
Se levantó para despedirse, y Luciano y Silvia la acompañaron a la puerta.
Al ver que el vientre de Nina era cada vez más grande, Silvia le recomendó:
—La próxima vez que salgas, es mejor que alguien te acompañe. Y trata de ir menos al laboratorio estos días; el contacto excesivo con químicos no es bueno para los bebés.
Entre risas y plática, salieron del portón de la villa.
El coche de Nina estaba estacionado a menos de diez metros.
—No hace falta que me acompañen, regresen.
Nina agitó las llaves del coche y se despidió con la mano.
—Ya me voy.
Luciano y Silvia observaron cómo Nina caminaba hacia su auto. Justo cuando su mano tocaba la manija de la puerta, se escuchó el chirrido agudo de unos frenos.
Era el convoy de la familia Corbalán.
Antes de que el auto se detuviera por completo, Máximo abrió la puerta y saltó del vehículo como una flecha.
—¡Nina, hay una bomba en tu coche!
Debido al ruido estridente de los frenos, Nina no escuchó bien al principio.
—¿Qué dijiste?
En ese momento, vio a través de la ventanilla que la pantalla de su celular en el asiento del conductor parpadeaba sin cesar.

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