Al ver que cada vez le quedaban menos órganos en el cuerpo, Nancy recordó de golpe la advertencia que Nina le había hecho tiempo atrás:
«Voy a desmembrarte poco a poco».
Esa frase se repetía en su cabeza como una grabación maldita, provocándole pesadillas noche tras noche.
—¡Mamá, ayúdame! ¡No quiero que Nina me haga pedazos! —gritó Nancy, despertando por enésima vez y aferrándose a Andrea entre lágrimas.
Andrea trataba de calmar a su hija.
—Tranquila, mi amor, solo fue un sueño.
Nancy negaba con la cabeza frenéticamente.
—No es un sueño, es real. Me está quitando todo. Mamá, piénsalo. En menos de seis meses, ¿cuántas partes de mí he perdido? Primero el dedo, luego parte del intestino, el ojo, un riñón, y ahora la matriz. Es Nina. Todo es obra de ella. Me quiere matar, me va a matar...
Ver a su hija al borde de la locura encendió el odio en los ojos de Andrea. Claro que sabía que todo esto era el tablero de ajedrez de Nina. Era su venganza por Simón Cuevas.
Al recordar cómo habían desmembrado a Simón en el pasado, Andrea a veces pensaba que había criado a un monstruo. Ella solo quería el corazón de Simón para Nancy, ¿por qué su hija había tenido que ser tan sádica con el resto del cuerpo?
Ah, sí, ya recordaba. Porque Simón era demasiado guapo y Nancy estaba obsesionada con él, pero él solo la miraba con asco y odio. Seguramente esa mirada fue la que desató la psicopatía de Nancy. «Si no eres mío, no serás de nadie».
Cada vez que Andrea pensaba en eso, sentía un nudo en el estómago. Si pudiera volver el tiempo atrás, quizás las cosas serían diferentes. Pero el hubiera no existe. El estado actual de su hija era, al final, consecuencia de sus propios actos.

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