Con el recordatorio de Andrea, a Dylan se le prendió el foco.
—Pero... si no mal recuerdo, ¿la hija de Felipe no tiene una discapacidad cognitiva?
Y no lo decía como insulto, sino como un diagnóstico médico. Dylan había visto a Alba en algún evento; era mayor que él, pasaba de los treinta, pero debido a una fiebre mal atendida en la infancia, su desarrollo mental se había detenido. Tenía la mente de una niña de cinco años.
Andrea sonrió forzadamente.
—Con terapia ha mejorado mucho, puede comunicarse normal. El señor Meza dice que a Alba siempre le gustaste. A finales del año pasado vio una entrevista tuya en la tele y se encaprichó. Dijo que si no se casaba contigo, no se casaba con nadie. Tu tío Felipe al principio dudaba por la diferencia de edad, pero la niña hizo tal berrinche y amenazó con quitarse la vida, así que él me buscó para ver si estábamos interesados.
Dylan sintió que le subía la presión arterial.
—Mamá, no necesitabas ni preguntarme. Sabes perfectamente que jamás voy a aceptar.
Cuando Renato se casó por conveniencia, al menos fue con Ginerva Rinaldi, una mujer de negocios inteligente y capaz. ¿Por qué a él le querían endosar a una persona que no podía valerse por sí misma? Sabía que sonaba cruel, pero Alba era, en términos prácticos, una niña eterna.
A Dylan siempre le habían atraído las mujeres brillantes, como Nina. Incluso si no podía estar con ella, no iba a tirar su vida a la basura casándose con cualquiera.
La propuesta de Andrea le revolvía el estómago.

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