Dylan miró a su madre fijamente.
—¿De verdad crees que si me caso con Alba, los Villalobos se salvarán?
Andrea intentó explicarle la lógica del asunto como si él fuera un niño pequeño.
—Felipe no llegó a donde está siendo un tonto. Si su hija se convierte en una Villalobos, ¿tú crees que él se va a quedar de brazos cruzados viendo cómo nuestra familia se arruina?
Andrea sabía que, en sus mejores tiempos, Felipe Meza jamás se habría atrevido a proponer semejante matrimonio. Los Villalobos eran demasiado orgullosos. Pero ahora las cosas eran distintas. Y Dylan, el más inteligente, guapo y capaz de sus hijos, era su última carta fuerte. No quería usarlo, pero no tenía opción.
—Dylan, como miembro de esta familia, tienes la obligación de sacrificarte cuando el barco se está hundiendo. Sé que Alba no es la mujer de tus sueños, pero en este mundo el amor sale sobrando. Tu padre y yo no nos casamos enamorados y mira, tuvimos cuatro hijos.
A Dylan le importaba un comino la triste historia romántica de sus padres.
—Mamá, perdona que sea tan directo, pero casarme con Alba no va a arreglar nada. Esa alianza es pan para hoy y hambre para mañana; es querer tapar el sol con un dedo. Y no intentes chantajearme con el deber familiar. Nunca le he fallado a esta casa. Fundé el Laboratorio Génesis con mi propio esfuerzo y ustedes me obligaron a compartir las ganancias con la familia. Por su culpa, perdí a muchos socios brillantes que no querían que su ciencia se vendiera al mejor postor. Ya he cedido bastante, hasta el punto de olvidar por qué empecé en esto.
Andrea intentó replicar, pero él levantó la mano para callarla.


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