Victoria terminó yendo a Bahía Azul con la excusa de agradecerle a Máximo.
Para no molestarlo, primero le explicó que ya había rastreado a «La Parca», pero que aún no tenía el contacto directo.
Temiendo que Máximo preguntara más, cambió de tema rápidamente.
—Escuché que el señor Máximo está interesado en una propiedad de la familia Cárdenas. Si es así, puedo hablar con mi papá para ver en cuánto la vendería.
Eso captó la atención de Máximo.
—¿De qué propiedad hablas?
Victoria le dio la ubicación exacta.
Máximo frunció el ceño. Su intención de comprar esa casona antigua no era pública; solo unos pocos amigos cercanos lo sabían.
Irónicamente, quien le sugirió comprarla fue Nahuel.
Cuando su padre murió, Nahuel, que sabía de ocultismo y asesoría espiritual, le dio un consejo.
Aunque la familia Corbalán seguía siendo poderosa, ya no era lo que fue hace cien años. Nahuel había predicho que, en tres generaciones, la familia perdería su gloria, tal como le pasó a la familia Salgado.
Si no fuera por la mala racha energética de los Salgado, Enzo sería el rey de Puerto Neón.
Pero su momento pasó. Ahora los Salgado estaban en declive.
Nahuel dijo que, para evitar ese destino, debía conseguir esa mansión de los Cárdenas. Tenía más de cien años y se decía que el dueño original contrató a un místico para diseñar la casa como un imán de fortuna y prosperidad.
Quien poseyera esa casa aseguraría la riqueza de sus descendientes por diez generaciones. Claro, había que hacer un ritual de limpieza para alinear la energía.
Los Cárdenas, ignorantes de esto, habían dejado la casa vacía por veinte años, desperdiciando un tesoro.
Máximo era ateo y no creía en esas cosas.



VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: No Tan Bruja