La mirada de Iván se volvió intensa.
—Maxi, sé que tienes una empresa de tecnología bajo tu nombre que lleva años investigando chips. La tecnología de nueve nanómetros ya está muy madura para ustedes. Si logran una cooperación con el Grupo Villalobos, será una situación en la que todos ganan.
Iván hacía sus cálculos mentales rápidamente. Tanto la familia Corbalán como la familia Villalobos eran de las pocas dinastías de primer nivel en Puerto Neón. Si estas dos grandes familias colaboraban, él, como intermediario, se llevaría una buena tajada.
Máximo y Dylan estaban a escasos metros de distancia, pero la atmósfera en el reservado cayó en un punto muerto difícil de describir.
Iván, que había estado hablando con entusiasmo, notó que algo andaba mal entre ellos. La sonrisa en su rostro se desvaneció poco a poco.
—Señores, Maxi… digan algo.
Máximo y Dylan poseían una presencia igualmente imponente. Con ellos dos sentados allí, los demás invitados ni siquiera se atrevían a respirar fuerte. Aquellos que habían venido a la cena invitados por Iván con la esperanza de hacer contactos con las dos grandes figuras de Puerto Neón, no imaginaban que ninguno de los dos magnates sería fácil de tratar.
La tensión asesina que emanaba de sus miradas hacía temer a los presentes que hubiera daños colaterales. Fue Máximo quien rompió el silencio de la habitación.
—Es cierto, mi empresa de tecnología es líder en el desarrollo de chips de nueve nanómetros. Y para ser honesto con todos, los chips de siete nanómetros ya están en fase de pruebas.
Todos se emocionaron al escucharlo. No esperaban que la empresa tecnológica de la familia Corbalán fuera tan increíblemente avanzada.
Dylan finalmente encontró su voz.
—Ya sean de siete o de nueve nanómetros, pon un precio. El Grupo Villalobos comprará por lotes.

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