Irene sonrió.
—En las grandes familias, lo que se busca es tener mucha descendencia.
Catalina siguió indagando:
—¿El señor Corbalán tiene algún pasatiempo especial?
Irene: —Los asuntos del patrón no los cuestionamos los sirvientes.
Catalina: —¿En qué época vivimos para seguir hablando de amos y criados?
—Irene, no me digas señorita Galván a cada rato, llámame por mi nombre.
—Yo odio a esa clase privilegiada.
—Se creen los dueños del mundo solo porque tienen dinero, es ridículo.
—Aunque tengamos orígenes distintos, ante los ojos de Dios, todos somos iguales.
Irene se quedó callada.
En una habitación de lujo de cierto hospital privado.
Máximo, Nina y el convaleciente Yeray escuchaban cada palabra de la conversación entre Catalina e Irene a través de la pantalla de la computadora.
Nina le preguntó a Máximo: —¿Notas algo raro?
Máximo: —Se hace la ingenua para que los demás bajen la guardia.
Yeray, confundido, preguntó: —¿Qué significa eso?
Máximo y Nina miraron a Yeray como si fuera idiota.
Al recibir esas dos miradas de juicio, Yeray se sintió profundamente despreciado.
Nina tuvo la amabilidad de explicarle: —¿Quién recomendó a Catalina con Ximito?
Yeray: —Esa tonta de Victoria.
Para Yeray, a Victoria no le subía el agua al tinaco.
A pesar de tener el título de «Genio» de la Academia Omega, solo pensaba en pescar un marido rico.
Esa mujer no se comparaba ni con un pelo de la señorita Villagrán.
El comentario de Yeray divirtió a Nina.


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