Cuando Máximo llegó con Nina al lugar del evento, la enorme sala de recepción ya estaba llena de invitados.
A simple vista, entre los asistentes había viejos conocidos de Máximo y también caras nuevas que nunca había visto.
La entrada de ambos provocó un revuelo considerable.
Tanto Máximo como Nina poseían una belleza que desafiaba lo común.
Especialmente Nina.
Como una obra de arte viviente, donde quiera que apareciera, inevitablemente se convertía en el centro de atención.
Y ni hablar de Máximo.
Siendo la figura más legendaria y misteriosa de Puerto Neón, rara vez se dejaba ver en público.
Incluso muchos magnates solo habían oído el nombre de Máximo Corbalán, pero pocos conocían su verdadero rostro.
El salón, que antes estaba lleno de ruido y actividad, se fue silenciando poco a poco ante la presencia de Máximo.
Como anfitrión de la noche, Dante se movía con soltura entre los invitados.
Al ver llegar tarde a su buen amigo, se acercó con una sonrisa.
—Maxi, por fin llegas. Pensé que esta noche me dejarías plantado otra vez.
Mientras Dante hablaba, su mirada se desvió inconscientemente hacia Nina.
Con solo ese vistazo, el rostro de Dante mostró asombro.
Como una figura clave en la industria del entretenimiento, Dante había visto hombres y mujeres atractivos toda su vida.
Bellas, seductoras, sexys, inocentes...
Había visto todo tipo de bellezas, pero solo Nina le dejó una impresión tan profunda.
Dante tardó un momento en recuperar la voz.
—Esta belleza no me resulta conocida. Maxi, ¿no nos presentas?
Máximo esbozó una de sus raras sonrisas.
—Nina, mi otra mitad.
Aunque Máximo no alzó la voz, muchos alcanzaron a escuchar esas palabras.

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