—Tengo muchísima energía y fuerza, es una sensación que no sé cómo explicar...
Frida buscaba las palabras en su mente.
—Es como si me hubieran inyectado una nueva fuerza vital.
—Solo me había sentido así antes del accidente, y en mis mejores años.
Cuando Máximo estaba presente, Frida se contenía porque le prometió a Nina guardar el secreto.
En cuanto su hijo se fue, se soltó el pelo y empezó a contarle a Nina con entusiasmo los cambios físicos de esa semana.
Ni en sus sueños imaginó que las siete pastillas que Nina le dejó la última vez fueran casi milagrosas.
Si sus piernas respondieran un poco más, juraría que podría salir volando.
A Nina le encantaba esa autenticidad en Frida.
Era sencilla, sin pretensiones, con alta inteligencia emocional y muy sensata.
No era de extrañar que Samuel Corbalán hubiera renunciado a todas las demás mujeres por ella.
Si a ella, siendo mujer, le costaba resistirse al encanto de Frida, qué decir de los hombres.
—Señora, cálmese un poco, primero déjeme checarle el pulso.
Al tomarle el pulso, Nina confirmó que el estado general de Frida había mejorado notablemente.
—¿Siguió mis instrucciones de hacerse un chequeo completo con el Dr. Ledesma después de tomar las pastillas por siete días?
Frida asintió repetidamente.
—Me revisé. Los resultados dejaron al Dr. Ledesma impactado.
—Me preguntó cómo lo logré, pero cumplí nuestra promesa y no le solté ni una palabra.
Frida era inocente, pero no tonta.
Ya sospechaba que esas siete pastillas que Nina le dio escondían un efecto casi sobrenatural capaz de crear milagros.

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