Nina no llevaba ni una hora en la comisaría cuando Máximo se presentó en persona para ser su aval.
El policía encargado de la recepción preguntó:
—¿El señor Corbalán está seguro de querer llegar a un acuerdo privado con la acusada?
Máximo miró a Nina, que estaba intacta, y soltó un breve «sí».
El oficial de interrogatorios se mostró dubitativo.
—Las pérdidas del hotel se estiman en más de un millón...
Nina jugaba con su bolígrafo.
—Lo que se deba, cóbrenselo a mi marido.
A Máximo le tembló levemente una ceja, y su mirada hacia Nina se volvió indescifrable.
Tras el trámite de la fianza, ambos entraron al elevador.
Máximo acorraló a Nina en una esquina con actitud dominante.
—El lío que armaste, ¿quién lo va a pagar?
Máximo era imponente, y la cercanía repentina generaba una presión invisible.
No solo era increíblemente guapo, sino que su presencia irradiaba peligro.
Nina mantuvo la calma absoluta.
—Mi marido, ¿no?
Máximo alzó una ceja.
—¿Ah, sí? ¿Y quién se supone que es ese desafortunado?
Nina usó un tono ambiguo.
—¿No lo tengo enfrente?
Máximo soltó una risa incrédula ante tal descaro.
—¿Por qué asumes que yo voy a pagar por tus errores?
—Si viniste hasta aquí, es para resolver el problema, ¿no?
Las puertas del elevador se abrieron. Nina le dio un leve golpe con el hombro a Máximo al salir.
Él no se detuvo y caminó a su lado.
—¿Tan segura estabas de que vendría?
—Completamente.
—¿De dónde sacas esa confianza?
—Somos socios en esto.
—Nos vemos allá.
Ante la mirada atónita de Máximo y Ramiro, Nina se alejó velozmente sobre la patineta hasta desaparecer.
Gonzalo no sabía que Nina ya estaba libre.
Su hijo estaba en peligro de muerte y solo el riñón de Nina podía salvarlo.
Pero Nina había destrozado el hotel de Máximo justo en el peor momento.
Aunque él quisiera pagar diez veces los daños, si Máximo no retiraba los cargos, no podía hacer nada.
Tal como temía, al salir del hotel con su esposa e hija, recibió una llamada del hospital.
Alguien había denunciado ante las autoridades que varios médicos de cierto hospital privado traficaban con órganos, extrayéndolos de personas sanas sin consentimiento para venderlos a pacientes ricos.
Los familiares de las víctimas estaban exigiendo justicia y el escándalo era mayúsculo.
Con pruebas y testigos en mano, la policía ya había arrestado a los implicados.
Entre ellos estaban los dos cirujanos que iban a operar a Ángel.
Al recibir la noticia, las piernas de Gonzalo flaquearon y se derrumbó en el suelo.
Con Nina detenida y los médicos presos, ¿quién salvaría a su hijo?
Cuando la camioneta de Máximo llegó al Monarca 1908, Nina ya lo estaba esperando en la puerta, con la patineta bajo el brazo.

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