El Monarca 1908 era territorio privado de Máximo.
Él se sentó al lado izquierdo de la mesa de negociaciones, con su rostro serio, bebiendo vino tinto.
Hacía apenas tres días se había enterado de que estaba casado.
Su padre, Samuel Corbalán, había fallecido recientemente por enfermedad.
Tras el funeral, Máximo comenzó a tomar las riendas de los negocios familiares.
Durante el traspaso de poderes, el abogado le entregó un sobre de papel manila que contenía dos actas de matrimonio.
El abogado le explicó que su padre había elegido a su esposa antes de morir.
Aunque no hubo consentimiento, gracias a las influencias de Samuel, el matrimonio con una tal Nina Villagrán era legalmente válido.
Al otro lado de la mesa, Nina jugaba con su bolígrafo giratorio, sintiéndose igual de confundida que Máximo.
Hacía tres días, Máximo había llegado a su casa con las dos actas de matrimonio en la mano.
Cuando él le exigió explicaciones de por qué su nombre aparecía en el acta, Nina estaba más perdida que él.
Si Máximo no la hubiera buscado, ella jamás se habría enterado de que la habían casado hacía un año.
La mirada de Máximo se clavó en el bolígrafo que giraba entre los dedos de Nina.
Los trucos que hacía eran hipnóticos y la forma del bolígrafo era algo que no se veía en el mercado.
Tras observarla un momento, Máximo le hizo una señal a Ramiro.
—Sácalo.
Ramiro extrajo un documento de su maletín y se lo puso enfrente a Nina.
—Señorita Villagrán, este es el acuerdo de divorcio con el señor Corbalán. Si no tiene inconveniente, puede firmar.
Nina hojeó el acuerdo.
Básicamente, le exigían guardar silencio absoluto sobre ese matrimonio absurdo.
Bajo ninguna circunstancia podía admitir públicamente que tuvieron una relación.
Al leer, Nina se detuvo en una cláusula.
—¿Hay compensación económica por el divorcio?
Ramiro le pasó un cheque en blanco.


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