Cuando se trataba de poner a alguien en su lugar, Ramiro era el experto.
Después de la regañiza de Ramiro, a Victoria se le olvidó a qué había ido.
—Señor Máximo, déjeme explicarle...
Máximo tenía cosas que hacer y no pensaba perder ni un segundo más con ella.
—Con todo lo que has hecho, te has convertido en un chiste.
Dicho esto, Máximo se dio la media vuelta y se fue sin mirar atrás.
Ramiro le hizo un gesto a Victoria invitándola a retirarse.
—Que le vaya bien.
No fue hasta que Máximo y Ramiro desaparecieron dentro de Grupo Orca que Victoria recordó su objetivo.
Gritó con todas sus fuerzas: —¡Señor Máximo, solo le pido que me dé mi lugar!
La única respuesta fue la espalda de Máximo alejándose.
Victoria sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas por la impotencia.
Las palabras de Máximo resonaban en su cabeza.
«Te has convertido en un chiste».
Si tuviera otra opción, tampoco querría ser la burla de todos.
En la oficina del presidente de Grupo Orca, Máximo estaba sentado en su silla de piel, con el ceño fruncido, revisando los reportes financieros hoja por hoja.
La oficina estaba custodiada por Yeray y cuatro guaruras a cada lado.
Frente al escritorio, había un hombre arrodillado con el labio partido.
Tenía unos treinta y tantos años y vestía ropa de marca. Aunque estaba en una posición humillante, su expresión seguía siendo arrogante.
—Señor Corbalán, tratar así a sus empleados... si esto se sabe, va a afectar la imagen de Grupo Orca.
El hombre intentó levantarse.
Pero apenas se movió, Yeray le soltó una patada que lo mandó de regreso al suelo.
El golpe lo hizo chillar de dolor.
Con voz llorosa, reclamó:
—Señor Corbalán, no olvide que vivimos en un estado de derecho...
Lo habían agarrado con las manos en la masa y seguía ladrando. En los ojos de Máximo apareció una intención asesina.
Le hizo una seña a Yeray.
—Parece que alguien necesita un correctivo.
Yeray captó la orden y, junto con los otros guardias, le dieron una paliza a Alejandro.
Mientras Alejandro gritaba, Máximo, sentado tras el escritorio, le mandó un mensaje a Nina:
[¿Ya despertaste? ¿Sigues en pie para ir al laboratorio en la tarde?]
Esperó un buen rato hasta que Nina contestó con un simple: [Sí].
Máximo envió otro mensaje: [Paso por ti cuando termines].
Esta vez, Nina no contestó.
A Máximo no le importó. Si no contestaba, significaba que no se oponía.
Alejandro no esperaba que le pegaran tan duro. Cuando ya estaba medio muerto, empezó a suplicar.
—Señor Corbalán, aunque me hubiera robado el dinero, llame a la policía y ya.

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