Nina pensaba en otra cosa.
La primera vez que vio a Enzo en el Monarca 1908, no le dio mucha importancia.
No esperaba que ese hombre, que pasaba desapercibido, hubiera planeado tantas conspiraciones en las sombras.
Ya que Máximo le daba la oportunidad, mejor ir a conocer a ese jefe oculto.
—Hecho. Esa noche trataré de hacerme un espacio para acompañarte.
Al ver que el señor Máximo sonreía feliz con la respuesta, Yeray pensó que, efectivamente, ella era la única que podía domar a la bestia.
En su memoria, ninguna chica había podido controlar el humor del señor Máximo.
Incluso aquella «Diosa de Puerto Neón» que tuvo rumores con él hacía todo lo posible por complacerlo.
El señor Máximo parecía amable y tranquilo, pero en realidad tenía un carácter fuerte.
Si algo no le gustaba, aplicaba la ley del hielo sin importarle si lastimaba a los demás.
Pero la señorita Villagrán se había convertido en un milagro en la vida del señor Máximo.
No le bastaba con mimarla y protegerla a diario.
Aunque ella le hiciera un desaire, él trataba de complacerla con cuidado, jamás se atrevía a usar su frialdad con ella.
Por la tarde, la pareja regresó a Bahía Azul.
La camioneta modificada de Nina volvió a fallar por el impacto y tuvo que enviarse al taller.
Máximo propuso: —Te mandaré a personalizar otra camioneta modificada, te aseguro que será más avanzada que la anterior.
—No hace falta, si la arreglan todavía sirve.
Ese vehículo tenía un significado profundo para Nina.
Por muy dañado que estuviera, no pensaba cambiarlo.
Máximo, muy astuto, notó algo en la mirada de Nina.
Adivinó que su insistencia en conservar el vehículo podría tener que ver con alguien o algo del pasado.


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