El grito de Catalina asustó a Doris, que servía el té, y casi tira la bandeja.
Lucifer, que dormía plácidamente en el brazo de su dueño, también se asustó con los gritos de loca de Catalina.
Levantó la cabeza y le sacó la lengua bífida a Catalina con ferocidad para expresar su descontento.
¿De dónde salió esa mujer escandalosa que no lo dejaba dormir?
Máximo se llevó la mano a la frente, sintiendo cada vez más repulsión por Catalina.
Explicó con paciencia:
—Lucifer es una serpiente mascota, no hace daño.
Catalina volvió a su modo de sermón.
—Señor Corbalán, ¿acaso no le importa la vida de los demás?
—Aunque sea una mascota, no debería dejarla suelta por ahí.
—¿No sabe que las serpientes son animales de sangre fría?
—Por muy bien que la trate un humano, ella no devolverá el afecto.
—Hay muchos empleados en la villa, si lastima a alguien por accidente, ¿de quién será la culpa?
Catalina nunca olvidaba su papel de «mosquita muerta» santurrona.
No temía al poder, luchaba contra el mal.
Gritaba a su empleador en nombre de la supuesta justicia para llamar su atención.
Cuando Nina bajó las escaleras en bata de seda, vio a Catalina tratando de llamar la atención de Máximo con su «sentido de justicia».
Al ver a Nina vestida así, la cara de Catalina cambió ligeramente.
—Tú... ¿qué haces aquí? ¿Acaso viven juntos?
Nina pensó que Catalina hacía una pregunta muy estúpida.
—Que vivamos juntos o no, ¿afecta tu tratamiento para las piernas de la señora Corbalán?
Catalina se quedó muda.
Cuando Victoria arregló que viviera en Bahía Azul, no le dijo que Nina también vivía allí.


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