Máximo: —Que se diviertan.
Santino: —Gracias por los buenos deseos, señor Corbalán.
Máximo: —De nada.
Tras el saludo tibio, Santino abrazó a su acompañante por la cintura. —Nos adelantamos, nos vemos.
Máximo asintió levemente, viéndolos alejarse.
Cuando la acompañante de Santino pasó junto a Nina, le lanzó una mirada llena de significado, y Nina le devolvió una sonrisa enigmática.
Adrián, que acababa de colgar, se acercó apresuradamente. —Surgió una urgencia, tengo que irme ya mismo. Nina, no podré llevarte.
Nina le hizo un gesto con la mano. —Ve.
Con un «hasta luego a todos», Adrián se fue sin mirar atrás.
Fernando se ofreció voluntario. —Dime dónde vives, señorita Villagrán, yo te llevo en mi carro.
Máximo, con cara inexpresiva, apagó su entusiasmo. —Bebiste, no puedes manejar.
Su mirada cayó sobre Nina, casi diciendo a gritos: «Yo llevaré a esta mujer».
Victoria, que había sido ignorada toda la noche, se apresuró a agarrar el brazo de Máximo.
—Máximo, ¿me puedes llevar en tu coche? Todavía no encuentro el arete que se me cayó la última vez. Fue un regalo de cumpleaños de mi mamá y es muy importante para mí.
Nina se despidió de todos con la mano. —Tengo una cita, me adelanto.
Máximo entrecerró los ojos. —No es apropiado que una chica vaya a una cita a esta hora.
Aunque no era tan tarde, ya estaba oscuro.
Nina se puso el cubrebocas por costumbre. —Hay citas a las que se tiene que ir. Nos vemos.
Al ver la espalda de Nina alejándose, el rostro de Máximo se oscureció terriblemente.
Victoria observó toda la escena.
Nina no había mentido; esa medicina solo funcionaba por siete días.
Por la vida de su hijo, Gonzalo tuvo que citar a Nina para una segunda negociación.
Se vieron en un restaurante propiedad del Grupo Cárdenas.
Esa era la sala privada que Gonzalo usaba para recibir visitas.
Para contentar a Nina, Gonzalo ordenó al chef preparar una cena abundante.
—Nina, la medicina que me diste funcionó muy bien, la vida de Ángel está a salvo por ahora. Te llamé hoy con un propósito simple: espero que me ayudes a contactar a ese médico milagroso.
En cuanto contactara al médico, esa malcriada de Nina perdería su valor.
Nina solo había comido algo de fruta en Monarca 1908, así que tenía hambre.
No iba a rechazar una cena gratis, pero al escuchar la petición de Gonzalo, se rio.
—Ese médico viaja por todos lados y no tiene paradero fijo. A menos que él me busque, yo no puedo encontrarlo.

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