El lunes, Máximo subió al coche rumbo a Marbella, escoltado por Ramiro, Yeray y el resto de los guardaespaldas.
Si la reunión de hoy no fuera tan crucial como para exigir su presencia, no habría querido separarse de Nina ni un instante.
No sabía si la reunión terminaría antes del anochecer.
Si no terminaba a tiempo, tendría que hacer que Nina viajara hasta allá.
Cinco horas de ida y vuelta; una pérdida de tiempo y de energía.
Ramiro no tenía idea de lo que pasaba por la mente del señor Máximo en ese momento.
En el coche camino a Marbella, le informó de varios asuntos de trabajo como de costumbre.
Máximo fingía escuchar, pero en realidad no procesaba ni una palabra.
—Por cierto, señor Máximo, Agustín envió un mensaje anoche. Gonzalo ya cayó en la trampa.
Esa frase por fin captó un poco la atención de Máximo.
—¿Gonzalo le entregó a Victoria a Agustín?
Ramiro asintió.
—El viejo todavía tiene energía; dicen que anoche se divirtió bastante.
Ramiro no dijo más.
Todos eran adultos; no hacía falta ser demasiado explícito.
Como el hombre más rico de Puerto San Luis, Agustín tenía cierto trato con Máximo en privado.
Hace unos días, cuando Victoria estaba fingiendo ser una diosa de la virtud en internet, Agustín le había preguntado a Máximo si realmente tenía algo con ella.
Agustín podía ser un viejo verde, pero no era tan estúpido como para ofender a Máximo Corbalán por una mujer.
La respuesta de Máximo fue tajante.
Entre él y Victoria no había nada; Agustín tenía vía libre para perseguir a su «amor».
Con la respuesta de Máximo, Agustín se sintió seguro.
Fue entonces cuando aprovechó la crisis financiera del Grupo Cárdenas para hacer un trato con Gonzalo: dinero a cambio de la persona.
En cuanto a si Victoria tenía madera para casarse con Agustín, la respuesta era, naturalmente, un no.
Gastó doscientos millones en un juguete para la cama; cuando se cansara, Victoria sería desechada.

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