—¡Te gusta Lucía!
Fue una afirmación rotunda, no una pregunta.
Claudio no esperaba que Dylan descubriera sus sentimientos con tanta agudeza y precisión.
No se atrevía a mirar a Lucía; temía que, si lo hacía, la vergüenza sería insoportable.
Lucía también estaba confundida.
—Claudio, no admitas cosas que no has hecho solo porque sí.
Aunque el Laboratorio Génesis valoraba el talento, tenía reglas interminables.
Dylan odiaba que alguien rompiera las reglas que él establecía.
Además, Claudio había entrado al laboratorio por recomendación suya.
Ella sentía cierta responsabilidad de cuidar a Claudio.
Sus familias habían sido amigas en el pasado.
Luego, el negocio de la familia Salazar quebró, y Pedro Salazar y Bianca Becerra fallecieron por problemas de salud.
Claudio era muy trabajador y nunca se había aprovechado de la relación familiar para pedirle nada a la familia Montesinos.
Cuanto más prudente era él, más quería Lucía ayudarlo a tener un futuro brillante.
Jamás imaginó que Claudio se involucraría en el asunto de la prueba de Nina.
Llegados a este punto, Claudio dejó de ocultar sus sentimientos.
—El jefe tiene razón. Me gustas, me gustas tanto que haría cualquier cosa por ti.
»Sé que solo me ves como un amigo de la infancia, como un hermano, y que en tu corazón hay alguien más.
»No me importa quién te guste, solo me importa que la persona que me gusta sea feliz.
»No querías que Nina pasara la prueba, así que naturalmente busqué la forma de cumplir tu deseo.
»Yo maté al 1152. Solo era un conejillo de indias humano del laboratorio.
»Que muriera un día antes o un día después no hace ninguna diferencia para mí.
Nina, incapaz de seguir escuchando, levantó la mano y le dio una bofetada a Claudio.
—Lo que destruiste no fue mi prueba, fue tu conciencia y tu humanidad.
Nina señaló el cuerpo del 1152 en la mesa de autopsias.
—Desde que lo trajeron vivo hasta su muerte, ¿alguien recordó su nombre?

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