Máximo salió apresuradamente del club y, en efecto, afuera caía un aguacero.
De vez en cuando, relámpagos cruzaban el horizonte seguidos por el retumbar sordo de los truenos.
Apenas era la una de la tarde, pero el cielo estaba tan oscuro que parecía que la noche estaba por caer.
Mientras Yeray iba por el coche al estacionamiento, Máximo llamó a Nina.
La única respuesta fue el tono que indicaba que la llamada no podía completarse.
En el tiempo que le tomó intentar llamar, Yeray ya había traído el vehículo.
Ramiro abrió un paraguas negro y protegió a Máximo mientras subía al auto.
—¿Sigue sin entrar la llamada de la señorita Villagrán?
Máximo asintió casi imperceptiblemente.
Marcaba el número una y otra vez, mientras en su mente aparecían las imágenes aterradoras de aquella vez en la Mansión Corbalán, cuando Nina estuvo a punto de ser alcanzada por un rayo.
Yeray aceleró gradualmente.
—Señor Máximo, no se preocupe. Calculé la ruta y el tiempo de la señorita Villagrán hacia Marbella.
—Si seguimos por este camino, seguro nos cruzaremos con su auto.
Las palabras de Yeray no tranquilizaron a Máximo.
Le preguntó a Ramiro: —¿Pronosticaron lluvia para estos días?
Sentía que esta tormenta era algo inusual.
Ramiro respondió: —Revisé el clima antes de salir; no había pronóstico de lluvia para los próximos tres días.
Máximo recordó algo de golpe.
Nina había conseguido un chip dañado del Laboratorio Génesis. Tras repararlo, descubrió que tenía una encriptación de nivel S.
Él había tenido contacto con ese tipo de códigos antes.
Una vez iniciado el proceso de desencriptación, si no se rompía el código en setenta y dos horas, el chip se autodestruía.
Lo que él podía deducir, Nina sin duda también lo sabía.
¿Acaso ella había vuelto a usar esas artes prohibidas para descifrar el chip?
Al pensar en eso, la ansiedad de Máximo se disparó.
Le ordenó a Yeray:
—¿Sabes manejar o no? ¡Apúrate! ¡Písale más!
Yeray puso cara de agravio ante el regaño.

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