Nina se despertó por el hambre; eran las ocho de la noche.
Afuera ya había dejado de llover.
La cena fue preparada por el propio Ramiro.
Cuatro platos fuertes, guarniciones y una sopa de mariscos.
Nina comía y no paraba de elogiarlo.
—Rami, no sabía que tenías tan buena sazón. La chica que se case contigo va a ser muy afortunada.
Ramiro se sintió halagado.
—Si le gusta este estilo, señorita Villagrán, se lo preparo cuando quiera.
Nina asintió entusiasmada. —¡Claro que sí!
Máximo no soportaba que Nina elogiara a otro hombre, ni siquiera a su leal Ramiro.
Le sirvió un trozo de pescado en su plato.
—¿Acaso olvidaste que yo también tengo muy buen talento en la cocina? Casarse conmigo también garantiza comer bien.
No era la primera vez que Ramiro y Yeray veían al señor Máximo comportarse de manera tan infantil.
Aquello de que el amor atonta a la gente tenía bases científicas, al parecer.
Nina bromeó: —Si no lo mencionas se me olvida, todavía me debes una semana de cenas.
Máximo sonrió con ternura.
—Está bien, en cuanto termine la conferencia en Marbella y volvamos a casa, te cocinaré diario.
Al escuchar "conferencia", a Nina le dio curiosidad el motivo del viaje de Máximo.
—¿Cuántos días vamos a estar aquí?
—Mínimo tres.
—Pensé que a ustedes los empresarios les gustaba resolver todo por videollamada.
Máximo le sirvió más de sus platillos favoritos.
—El contenido de estas reuniones es muy sensible, hacerlo por video podría causar fugas de información.
—No solo bloquearon la señal en el lugar, sino que los asistentes pasan por varios filtros de seguridad.
—Nadie puede meter celulares ni nada parecido; si atrapan a alguien, lo expulsan en el acto.

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