Una vez que entrara al mercado, se vendería por un precio incalculable.
Nina mantuvo la calma en todo momento.
Agitó el bolígrafo en su mano y sonrió con inocencia. —Ustedes vieron cuando giré la pluma, ¿no?
—¿Qué pasa? ¿Acaso las piedras que elegí a ciegas no son buenas?
—He oído que el jade verde es el rey, pero estas piedras salieron con colores rojos, verdes y muy chillones; no parecen valer mucho.
—Ay, vengo del campo y no he visto mucho mundo, además tengo mala suerte. ¡Hoy les hice gastar dinero!
Fernando: —......
Elías: —......
Ambos tenían la misma duda: ¿Nina era tonta de verdad o se estaba haciendo la tonta?
Nina no sabía que Fernando, que no sabía guardar secretos, le contó a Máximo todo lo que pasó en el último piso del centro comercial.
Fernando le describió con lujo de detalles lo increíble que era Nina y cuánto valían las piedras que sacaron.
Para celebrar el triunfo triple, los tres fueron a comer mariscos.
Se separaron alrededor de las seis de la tarde.
Nina rechazó que la llevaran; tiró el jade violeta dentro de su bolsa de lona como si fuera cualquier cosa y se marchó en su vieja camioneta SUV.
Al escuchar a Fernando contar emocionado las anécdotas del día, Máximo sintió una opresión en el pecho; hasta el vino le supo amargo.
Eran más de las once de la noche cuando Nina, después de andar fuera todo el día, regresó a casa.
Al entrar, vio a Máximo sentado en el sofá con cara de juez.
La enorme sala estaba en un silencio absoluto.
Nina caminó con cuidado para no hacer ruido, pero al pasar junto a Máximo, no olvidó saludarlo: —¿Tan tarde y todavía despierto?
Máximo la miró fijamente. —¿Qué horas son?
Nina miró su reloj. —Once con veinte.
—¿Por qué llegas tan tarde?
Nina miró la espalda de Iris. —¿Qué le pasó en la pierna?
Máximo no respondió. —Aún no me dices por qué llegaste tan tarde.
Fernando le había dicho por teléfono que se separaron a las seis de la tarde, y ya era medianoche.
¿Dónde estuvo Nina esas horas? ¿A quién vio? ¿Cuántos secretos más escondía?
Nina, por supuesto, no le iba a decir que estuvo toda la noche en el laboratorio investigando.
El lanzamiento del nuevo producto de Grupo Villalobos estaba a la vuelta de la esquina y debía aprovechar cada minuto para preparar un «regalo de bienvenida».
No tenía por qué contarle eso a Máximo, un extraño.
Para callarle la boca, Nina inventó una mentira al vuelo: —Conocí a un guapo y me fui de cita.
Aunque sabía que lo hacía para provocarlo, Máximo cayó en la trampa.
—¿Cita? ¿Quién es el amante?
Nina: —Se llama Melón, tiene cuarenta y ocho años, fue amor a primera vista.

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