Para acercarse más a Nancy, Enzo buscó tema de conversación.
—Escuché que te fuiste de Puerto Neón porque estabas mal de salud y necesitabas recuperarte en el extranjero. Después de un año, ¿ya estás mejor?
Nancy sonrió con amargura.
—Sigo viva.
Enzo la miró con ternura.
—No digas eso. Tienes mucha suerte, seguro vivirás cien años.
Era un cumplido simple, pero tocó una fibra sensible en el corazón de Nancy. Jamás nadie la había tratado con tanta amabilidad genuina. Que alguien se preocupara por ella de la nada la conmovió.
—Enzo, no pensé que te acordarías de mí después de tanto tiempo.
En efecto, la mujer sentada frente a Enzo no era la verdadera Nancy. Era solo una marioneta que la familia Villalobos había puesto en el escenario para confundir a todos. Incluso su rostro era sintético. La reconstrucción era tan perfecta que decían que ni los mejores cirujanos plásticos podían notar la diferencia.
Ella también tenía su propio nombre. ¿Cuál era? Ah, sí, Chiara Moya. Su padre era un Villalobos, su madre una Moya. Lástima que su madre murió al día siguiente de dar a luz. Debido a su origen ilegítimo, aunque sobrevivió, no tenía derecho a llevar el apellido paterno. El nombre «Chiara» se lo había puesto la esposa legítima de su padre.
Durante sus primeros veinte años, ni siquiera tuvo permiso para salir de la casa. No fue hasta que la señorita Nancy enfermó que ella, como su doble, cobró un poco de importancia. Durante el último año, la obligaron a convertirse en Nancy. Imitar su voz, sus gestos, su sonrisa. Tuvo que memorizar el círculo social de Nancy y toda su vida en tiempo récord.
Antes de hoy, ni siquiera conocía a Enzo. Pero este hombre había sido parte de la vida de la verdadera Nancy, así que, aunque no lo reconociera, tenía que fingir naturalidad.
Enzo no sabía que, en esos breves minutos, tantos pensamientos cruzaban por la mente de ella.
—Nancy, qué cosas dices. Hay muchas mujeres en el mundo, pero la única que jamás podré olvidar eres tú.


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