El hijo mayor de la familia Torres, Adrián Torres, falleció de un infarto a los treinta y dos años.
La familia Torres se sumió en un profundo dolor.
Ese día se llevaría a cabo el homenaje póstumo en su honor.
El día entero estuvo nublado, y al caer la tarde, finalmente empezó a llover.
En la mansión familiar, los muebles de madera del vestíbulo habían sido retirados para dar lugar a tapices y decoraciones de un sobrio color blanco.
Había ofrendas florales apiladas frente al altar. En la fotografía central, Adrián lucía un traje a la medida de estilo inglés, con una sonrisa impecable.
El ambiente olía a una mezcla de flores frescas y el humo sutil de los inciensos.
Natalia Ortega llevaba toda la mañana de un lado a otro, ocupada recibiendo a los invitados. Las personas que asistían pertenecían a la élite política y empresarial; algunos eran conocidos, pero a otros solo los había visto en televisión.
Afuera, la lluvia se volvió más tupida.
Un invitado derramó su bebida por accidente. Natalia se acercó de inmediato para ofrecerle ayuda y notó que la camisa oscura del hombre estaba empapada.
—Benjamín, permíteme un momento. Voy arriba a buscarte algo de ropa seca.
Benjamín la miró con gratitud y respondió con suma cortesía:
—Te lo agradezco mucho.
—Es lo menos que puedo hacer —respondió ella.
Natalia dio un vistazo a su alrededor. Hace un momento había visto por ahí a su esposo, Luca Torres, pero ahora parecía haber desaparecido.
Pensó que tal vez Luca todavía no asimilaba la repentina muerte de su hermano mayor. A los ojos de todos, siempre habían sido muy unidos.
Natalia subió las escaleras a toda prisa y, en la tercera habitación del último piso, buscó algunas prendas limpias.
Ese piso estaba demasiado silencioso en comparación con el bullicio de la planta baja.
Natalia caminaba sin hacer ruido sobre la alfombra. Justo cuando iba a empujar la puerta...
Escuchó el llanto ahogado de una mujer proveniente del interior.
A Natalia se le encogió el corazón al reconocer la voz. Era Denisa Palma, su cuñada.
Había perdido de un día para otro al hombre que tanto la amaba. Era lógico que no soportara el golpe y se hubiera escondido a llorar a solas.
Ellas siempre se habían llevado muy bien, así que sintió la necesidad de entrar a consolarla.
—Luca, cuando termine el memorial, la abuela me va a mandar al extranjero, ¿lo sabías?
—Ya no me va a permitir encargarme de los proyectos importantes de la empresa, dice que no soy de la familia. Me quiere fuera del círculo principal.
—Basta, ya no hables de eso.
—¿Entonces aceptas? —La voz de Denisa denotaba un poco de alegría—. Sabía que no serías tan cruel de dejar que me mandaran lejos.
—Denisa, aunque Adrián ya no esté, me aseguraré de protegerte y de que te quedes en la familia Torres. No te preocupes por eso.
Denisa sollozaba en voz baja:
—¿Y bajo qué excusa me voy a quedar si no tengo un hijo de la familia Torres? Luca, Nati ya me dijo que Iria tiene ese problema cardíaco de nacimiento. Ella va a dedicar su vida a cuidarla y no va a tener más hijos.
Luca guardó silencio unos segundos antes de responder:
—Ella jamás me ha comentado algo parecido.
Denisa sonaba afligida:
—Me lo confesó en privado, Luca. La enfermedad de Iria es de por vida. Yo te puedo dar un hijo sano.
Hubo otra pausa en la habitación. Poco después, se escuchó el inconfundible sonido de un beso pasional:
—Luca, es el mayor deseo de mi vida. Concédemelo... por favor.
Del otro lado de la puerta, Natalia sentía la sangre helada. No soportó seguir escuchando.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Quédate con tu cuñada, querido exesposo