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Quédate con tu cuñada, querido exesposo romance Capítulo 2

Dio media vuelta y bajó las escaleras.

Justo al pie de los escalones, vio a su hija de cuatro años, Iria Torres, dando saltitos mientras intercambiaba dulces con otros niños de su edad.

—¡Mamá! —Iria corrió feliz a abrazarse a su pierna—. Mami, estoy jugando con ellos, ¡me lo estoy pasando muy bien!

Al ver la carita inocente de su pequeña, sintió una punzada de dolor insoportable en el pecho.

Natalia se agachó para limpiarle las migajas de azúcar de la boca.

Iria sacó enseguida un par de chocolates del bolsillo con sus manitas y se los dio:

—Toma, mamá, para ti.

A Natalia se le hizo un nudo en la garganta y, con los dedos fríos, tomó los chocolates que le ofrecía su hija.

Cerca de ahí, resonó la voz del maestro de ceremonias pidiendo a los invitados que pasaran al salón del memorial.

Natalia salió de su estupor y le acarició el cabello a la niña:

—Irita preciosa, ve a buscar a Julia para que te dé algo de comer. Mamá tiene que atender a la gente.

—¡Sí! —asintió la pequeña con obediencia, alejándose a brincos.

Natalia se puso de pie, apretó con fuerza el barandal de la escalera y respiró hondo.

Así que, durante todos estos años, su supuesta armonía matrimonial, el gran cariño entre hermanos y su estrecha amistad con su cuñada... todo había sido una completa farsa.

Bajó lentamente los escalones y se obligó a esbozar una sonrisa educada para recibir a los invitados que se acercaban a saludarla.

—Benjamín, de verdad lo siento, no encontré ropa limpia a la mano. Le pedí a un empleado que te traiga una toalla nueva y una gabardina para que no te vayas a resfriar.

Benjamín le agradeció amablemente el gesto.

El memorial comenzó.

Una música fúnebre sonaba de fondo. Luca, como hermano del difunto, pasó al frente para dar el discurso en nombre de la familia.

Natalia levantó la vista hacia el hombre en el podio. Llevaba un traje oscuro, postura firme y un semblante invadido por la tristeza.

Ese hombre con el que había compartido la cama durante seis años parecía envuelto en una espesa neblina; ya ni siquiera podía reconocerlo.

Descubrió que la ternura podía ser increíblemente barata y que el amor profundo podía estar lleno de falsedad.

Sabía muy bien que, a partir de ese día, las cosas nunca volverían a ser como antes.

Pasó los dedos suavemente por la mejilla de su hija y se inclinó a darle un beso.

Poco después de nacer, Iria fue diagnosticada con una enfermedad cardíaca congénita, lo que fue un duro golpe para todos.

Por suerte, cuando fuera un poco más grande podrían operarla. Sin embargo, durante su crecimiento requería de cuidados minuciosos, además de una atención muy especial con sus alimentos y actividades físicas.

Lo que había pasado esta noche la había destrozado por dentro.

Ya no podía seguir siendo esa señora Torres dócil y abnegada que solo se preocupaba por las tareas del hogar.

Por el futuro de su hija y por el suyo propio, tenía que averiguar qué papel jugaba exactamente su esposo en toda aquella farsa de lealtad fraterna.

Esa noche, Luca se quedó en la mansión familiar. Pasadas las once, llamó a Natalia para avisarle.

—Nati, aquí siguen algunos invitados importantes y tengo que acompañarlos. Descansen tú y la niña.

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