Valeria ya había escuchado hablar de ese restaurante. Decían que todos los ingredientes eran importados por avión, lo que le daba un aire de absoluta exclusividad y lo volvía el favorito de los millonarios de la ciudad.
El mayor defecto de ese tipo de platillos elegantes era que las raciones eran diminutas y estaban repletas de decoraciones ostentosas.
Quien los preparaba no era tanto un chef como un artista.
Con el tenedor, tomó un pedazo de hígado de ganso y se lo metió a la boca.
Era verdad que estaba delicioso; se derretía al contacto como un helado.
Pero cuando quiso dar un segundo bocado, ya no quedaba nada.
Y así, tuvo que esperar aburrida hasta que trajeran el siguiente plato.
Si hubieran sido una pareja de enamorados, aquel lugar habría sido ideal para avivar la llama del romance. Por desgracia, a ella Mauricio Guzmán no le despertaba ni la más mínima emoción. Lo único que quería era terminar la cena e irse a su casa.
—¿Estaba muy bueno, no?
Mauricio sonreía amablemente, rebosante de la confianza propia de quien tiene el poder.
—Dime qué más se te antoja y pediré que te lo preparen.
—No es necesario.
Valeria se miró la muñeca para ver la hora; ya había pasado media hora más.
—Si ya terminaste de comer, avísame para que podamos irnos a casa temprano.
...
Mauricio presionó la lengua contra las muelas.
Él nunca había sido un hombre de mal genio, pero últimamente, aquella mujer tenía la increíble habilidad de hacerle perder los estribos en cuestión de segundos.
—¿Tan insoportable te resulta compartir una cena conmigo?
—Pero claro que...
Valeria estuvo a punto de decir pero claro que sí por instinto. No obstante, al toparse con la mirada sombría del hombre, supo que sería mejor guardarse el comentario. Rio por lo bajo y rectificó:
—Es solo que este tipo de cosas no son de mi agrado.
Es evidente que Mauricio no se esperaba esa respuesta, por lo que su expresión se congeló un instante.
—Durante tres largos años, ¿cuánta atención me prestó el Señor Guzmán?
—Solo sabes que viví en el extranjero por unos años, pero ignoras que nunca me ha gustado la comida exótica. Mil veces prefiero unos buenos tacos callejeros o un sándwich... Olvídalo, jamás lo entenderías ni tampoco te importaría.
—Tienes todo tu corazón puesto en Rosalía Figueroa. ¿Acaso queda espacio para mí?
Tras pronunciar esas palabras, Valeria se puso de pie, tomó su bolso y se marchó.
Con el rostro completamente ensombrecido, Mauricio rugió:
—¡Lléveselos de aquí!
El grito asustó tanto al mesero que dio un respingo, tomó las bandejas apresurado y se retiró.
Valeria ignoraba que las duras palabras que había soltado a propósito habían terminado por despertar los remordimientos ocultos de Mauricio.
Condujo directamente a casa.
La villa seguía completamente a oscuras; el coche de Alejandro Silva aún no estaba en el patio.
A esa hora...
¿Seguiría trabajando? ¿Estaría en una cena de negocios?
Valeria se quitó los zapatos para subir. En el camino, una idea se cruzó por su mente. Luego se fue a su habitación a bañarse.
Para cuando Alejandro Silva regresó, ya era de madrugada.
Subió las escaleras guiándose fácilmente por la oscuridad. Al empujar la puerta de la habitación, una dulce fragancia de mujer invadió su nariz al instante.
Acto seguido, un cuerpo suave cayó en sus brazos. Por instinto, él levantó las manos para sostenerla, y ella aprovechó ese preciso momento... para plantar un beso en sus labios.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Quiere Mi Corazón, Me Caso con Ciego Rico