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Quiere Mi Corazón, Me Caso con Ciego Rico romance Capítulo 119

Valeria le lanzó una mirada penetrante.

—Luisa, parece que sabes demasiadas cosas.

—Yo… solo quería consolarla. Hablé de más, ¡por favor no se enoje, señorita!

Por supuesto que Valeria no estaba enojada en realidad.

Sin embargo, comprendía una regla mejor que nadie:

Era necesario ganarse la lealtad de la empleada de servicio, pero no se le podía permitir demasiada confianza, mucho menos a una que ya había sido sobornada por otra mujer.

El collar que Luisa llevaba puesto, un diseño exclusivo de una marca de lujo valorado en seis cifras, era algo que ella jamás podría costear por sí misma.

Valeria apartó la mirada con indiferencia.

—Te lo agradezco, pero la próxima vez no me compares con nadie más. Y menos con esa señorita Garza, que hace mucho tiempo quedó fuera del juego.

—Sí… sí, lo entiendo, señorita. No volveré a hablar de más.

Sudando frío, Luisa se retiró de prisa.

Valeria miró en la dirección en la que se había ido, sin darle más importancia.

En el peor de los casos, iría a contarle todo a Garza.

Al terminar de desayunar, tomó unas llaves al azar de la caja junto a la entrada y se marchó.

El trayecto a la empresa tomó apenas veinte minutos. Tras repasar la agenda del día, Camila comentó:

—Directora, Rosalía regresa al país.

—¿Ah, sí?

El interés de Valeria despertó. Levantó la vista.

—¿Cuándo?

—Mañana —respondió Camila—. Ya le implantaron la válvula mecánica de última generación en Estados Unidos y parece que se está recuperando muy bien.

—Incluso sin esa válvula cardíaca, habría vivido mucho tiempo.

Valeria jugaba con un bolígrafo con actitud despreocupada.

—¿No conoces el dicho? Hierba mala nunca muere.

—¿Necesitamos hacer algo al respecto?

—No hace falta.

—Pero...

—No hay "peros" —dijo Valeria, con una mirada en la que era imposible descifrar sus emociones—. La identidad de Mauricio no se podrá ocultar para siempre. Solo con ese hombre tendrá suficiente para estar muy ocupada.

Alejandro frunció el ceño.

—Siéntate bien.

—...

Ese tono sonaba idéntico a cuando se regaña a un niño.

Valeria se abrochó el cinturón de seguridad y le dio instrucciones a Santiago:

—Haz una parada si pasamos por un centro comercial, todavía no he comprado un regalo para el abuelo.

—No es necesario.

Alejandro cerró los ojos.

—Al abuelo no le importan las formalidades.

—Que no le importen es una cosa, pero no puedo llegar con las manos vacías —era una cuestión de cortesía.

Ella ya tenía en mente qué comprar. Solo pasaría por la tienda para recogerlo y se iría de inmediato. Era un juego de té de jade.

Al salir, pasó frente a una florería. Los hermosos ojos de Valeria brillaron con una idea y entró diciéndole al dueño:

—Quiero un ramo de rosas Terciopelo Negro, son para mi esposo.

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