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Quiere Mi Corazón, Me Caso con Ciego Rico romance Capítulo 121

—¿Alérgico al polen?

Valeria se quedó un poco pasmada, su mirada desviándose sin querer hacia la distancia.

El hombre mantenía una postura impecable, imponente y con un perfil indescriptiblemente atractivo. Si era alérgico al polen, ¿por qué no lo dijo hace rato?

Oh...

Claro, tampoco es que tuviera la obligación de contarle.

Valeria se humedeció los labios y esperó a que él colgara el teléfono antes de entrar juntos a la villa.

El abuelo estaba jugando ajedrez con Don Clemente. Al escuchar el ruido, salió de inmediato con paso apresurado.

—¡Vaya, qué milagro! Por fin regresan los jóvenes de la casa.

Valeria se acercó para darle un afectuoso abrazo.

—Abuelo.

—Qué bueno, qué bueno... mi bella Vale.

Cuando su mirada pasó hacia Alejandro Silva, la sonrisa del abuelo desapareció de inmediato.

—Dije que podías venir, ¿pero por qué trajiste a este inútil?

...

Alejandro suspiró, frustrado.

—Abuelo.

—No me llames así, yo no tengo un nieto como tú.

El anciano resopló y tomó a Valeria del brazo para guiarla hacia adentro.

—¿Qué se te antoja comer, Vale? Dime rápido, la señora de servicio sabe preparar de todo. Así quieras el banquete más fino del mundo, te lo dejará perfecto.

Valeria no pudo evitar soltar una risita y miró a Alejandro. En su mirada había una clara mezcla de picardía y orgullo.

—Comeré lo mismo que usted, abuelo. No soy melindrosa.

—¡Entonces hoy voy a pedir que nos hagan la Sopa de Siete Delicias!

Pero justo después de decirlo, el anciano sacudió la cabeza.

—No, esa preparación toma demasiado tiempo, la dejaremos para mañana. La señora seguro hizo una sopa de res con verduras, nos conformaremos con eso por ahora. ¿Qué tal si preparamos también unos camarones?

—Me parece perfecto.

Santiago observó la cara de su jefe y sintió que lo mejor era retirarse cuanto antes.

—Señor Silva...

—Lárgate.

—Enseguida.

...

Con esas dos personas de más, la villa que normalmente era silenciosa se llenó de vida. Sobre todo porque Valeria era muy conversadora; con un par de frases ya tenía al abuelo riendo a carcajadas.

Sabía de ajedrez, de pesca, e incluso cuando en la televisión empezó un programa de ópera clásica, ella logró seguir el ritmo y comentar un par de cosas con total naturalidad.

El anciano observó su rostro y, por un segundo, sintió como si estuviera viendo a otra joven del pasado.

Suspiró con melancolía y habló con una voz cargada de nostalgia.

—Si tu madre aún viviera, también sería una artista muy respetada.

La mirada de Valeria se congeló por un instante, pero rápidamente volvió a la normalidad. Preguntó en voz baja:

—Abuelo... ¿conocía usted bien a mi madre?

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