El guardia, que ya era un empleado veterano en el Consorcio Silva, lógicamente conocía a su jefe. Giró lentamente la cabeza para mirar a Alejandro, y luego a la mujer a su lado, que parecía divertirse con la situación...
Lo entendió.
Una mujer tan radiante, sola, no había venido a discutir negocios.
Tan solo viendo su aspecto, el único hombre en todo el edificio digno de ella era el señor Silva.
El guardia esbozó una sonrisa que parecía más una mueca de dolor, inclinándose una y otra vez para disculparse.
—¡No, no...! No iba a pedir el WhatsApp de nadie. ¡Solo estaba bromeando, señor Silva! ¡Señorita, por favor, perdone la insolencia de este humilde servidor, no lo tome en serio!
Valeria suspiró, sintiendo que la situación había perdido la gracia.
Miró al hombre y alzó la mano en un gesto para cederle el paso.
—Tranquilícese, señor Silva. Por aquí, por favor.
Incluso le abrió la puerta del auto con cortesía.
Era un día hermoso y soleado. Los ojos de Alejandro, tan profundos que no se veía el fondo, atrapaban el reflejo dorado del sol, volviéndolo imposible de leer.
Sin cambiar su expresión, se inclinó y entró al coche.
Valeria le sonrió al guardia, rodeó el auto y se subió.
Encendió el motor y arrancaron.
El interior del auto estaba en absoluto silencio, solo se oía el constante zumbido del aire acondicionado.
Alejandro se mantuvo mirando por la ventanilla. La intensa luz del sol se filtraba a través de la película polarizada, reducida a un tenue resplandor que parecía servirle como un buen escudo protector.
Valeria lo miró por el espejo retrovisor. Dicen que cuanto más te falta algo, más te importa.
Un hombre tan orgulloso como él, incapaz de ver, seguramente sentía su ego destrozado.
Tsk.
Pobre.
Con ese pensamiento en mente, al llegar y bajarse, Valeria se apresuró a abrirle la puerta otra vez.
Alejandro sacó sus largas piernas, se arregló el saco y avanzó un par de pasos, sin molestarse en dar las gracias ni en esperarla.
Un hombre y una mujer estaban sentados frente a frente. Probablemente, por saber quién era él, Rosalía se mostraba algo tensa y recatada.
El mesero comprobó la reservación y los guio hasta su mesa.
Casualmente...
Su mesa no estaba para nada lejos de la de Rosalía. Solo los separaba un biombo a medio cerrar por donde se podía ver perfectamente.
—¿Mauri?
En la otra mesa, Rosalía aún no había visto a Valeria.
Lo llamó dos veces, pero el hombre no le prestó atención. Siguiendo la dirección de su mirada, Rosalía se giró y el color abandonó su rostro de golpe.
«Pero me temo que tu querido doctor no puede sacarme de su cabeza, así que más te vale vigilarlo de cerca y no dejarme ninguna oportunidad.»
Las palabras de esa mujer seguían resonando en sus oídos. ¡Incluso sospechaba que esa maldita Valeria lo había hecho a propósito! ¡Apostaba a que eligió este lugar para arruinar su cita con Mauricio!
Valeria ya se había sentado. Como las otras dos personas ya se habían dado cuenta de que estaba ahí, no tenía caso ocultarse. Levantó su vaso de agua, que el mesero acababa de servirle, a modo de saludo.

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