Valeria no bebió de ese vaso, sino que lo puso frente a Alejandro.
—¿Tienes sed? Toma un poco de agua. Luego pediré un postre para ti, ¿te parece?
—...
¿Acaso esta mujer lo trataba como a un niño caprichoso?
Desde el ángulo en el que estaba Rosalía, le era imposible ver quién estaba sentado frente a Valeria. Solo sabía que se trataban con demasiada confianza. ¿Era un hombre?
¡Ya se había liado con otro tipo, pero aun así seguía encaprichada con su Mauri!
Rosalía apretó los dientes, pero enseguida forzó una sonrisa y le tomó la mano a Mauricio, tratando de recuperar su atención.
—Mauri... Me da mucho miedo estar sola en el hotel. ¿Puedo mudarme a tu casa?
Mauricio bajó la mirada hacia las manos de la mujer aferrándose a las suyas.
Lo lógico sería que él complaciera todas las peticiones de esa mujer.
Pero no sabía por qué, cada vez que Valeria aparecía, robaba absolutamente toda su atención.
—Acabo de regresar a San Cristóbal y hay muchos asuntos pendientes en la empresa, así que por ahora estoy durmiendo allá.
Mauricio retiró la mano con sutileza y habló con voz serena:
—Ya mandé a comprar una casa a tu nombre. En cuanto esté lista, podrás mudarte ahí.
El desánimo de Rosalía desapareció y su corazón dio un vuelco de emoción.
—¿Y entonces te mudarás conmigo?
—Rosa, ya lo veremos cuando llegue el momento, ¿sí?
En el pasado, Mauricio nunca había rechazado ninguna de sus peticiones, pero ahora, incluso hablaba con cierto tono de impaciencia.
Rosalía se mordió el labio, pálida. Un remolino de resentimiento y odio se arremolinó en sus ojos.
—¿Es por Valeria?
Mauricio frunció el ceño, pero no lo negó.
—Mauri... antes no eras así.
Las lágrimas de Rosalía empezaron a caer; de verdad se sentía agraviada.



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