Apretó los dientes en secreto y miró a la pareja que estaba de pie lado a lado frente a ella.
—Hoy vine a comer con mi novio. Ustedes dos no me interesan y seguirán sin interesarme en el futuro. Adiós.
Valeria se dio la media vuelta con total naturalidad, caminó hasta el lado del hombre y le dijo con suavidad:
—Vámonos.
Fue entonces cuando Rosalía por fin logró verle la cara al hombre.
Tenía una actitud desinteresada. Las mangas de su camisa blanca impoluta estaban un poco remangadas, dejando a la vista sus brazos firmes y musculosos. El encanto de un hombre maduro y poderoso irradiaba de cada centímetro de su ser, por no hablar de su rostro apuesto y varonil, que parecía tallado a la perfección.
Se quedó viéndolo, pasmada, sin reaccionar por un momento.
Hasta que las figuras de ambos desaparecieron de su vista.
Rosalía volvió en sí y, por instinto, miró a su lado.
Los ojos oscuros e ilegibles de Mauricio seguían clavados en la puerta, como si estuvieran conteniendo una tormenta a punto de estallar.
—
Apenas salieron del restaurante, Alejandro se soltó del agarre de la mujer, se dio la vuelta y la miró con pesadez.
—A la señorita Figueroa parece resultarle muy cómodo usarme, ¿no es así?
—Digamos que no está mal.
Valeria levantó la cabeza. Bajo la luz del sol, los rasgos del hombre eran fríos y marcados; la luz se filtraba justo a través de su cabello, ocultando su rostro en un halo casi irreal, haciéndolo tan guapo que no parecía de este mundo.
Esbozó una sonrisa divertida.
—Cuando el señor Silva necesitó usarme, tampoco puse objeciones, ¿verdad?
Ya que era un trato de conveniencia, había que portarse como tal.
Alejandro la miró con frialdad y no dijo nada más.
Subieron al auto.
Valeria iba a llevarlo primero a la empresa.
Al estacionar, notó que el hombre a su lado había cerrado los ojos para descansar. Ella se dedicó a admirar su rostro, viéndose obligada a admitir que, mientras Alejandro mantuviera la boca cerrada, millones de mujeres morirían por él solo por lo atractivo que era.
—¿Ya terminaste de mirar?
Su voz profunda y gélida no denotaba ninguna emoción.
El hombre llevaba gafas de sol. A diferencia de cuando usaba la bata blanca, ahora lucía totalmente arrogante y no aceptaba un "no" por respuesta.
—¿Qué significa esto, Dr. Guzmán? —Valeria le dio un vistazo al asiento del copiloto y a los asientos traseros vacíos. Su voz sonaba indiferente—. Abandonar a su novia en el restaurante para ir a buscar a otra mujer no parece un acto de caballeros.
Mauricio frunció el ceño.
—Rosa y yo...
—¿Acaso ibas a decir que no hay nada de eso entre ustedes?
Valeria lo miraba con una media sonrisa, sin pizca de humor real.
—Mauricio, ¿en qué idioma tengo que decírtelo para que lo entiendas? Lo que pase entre ustedes dos me tiene sin cuidado. Mi novio ahora es Alejandro Silva.
—Solo lo haces para ponerme celoso. —Mauricio sonaba muy seguro, aunque su ceño fruncido revelaba cierta incomodidad—. Vale, la familia Silva tiene mucha influencia en San Cristóbal. Aunque suelan mantener un perfil bajo, su poder no es inferior al de la familia Guzmán. No voy a entrar en conflicto con él por ti.
En otras palabras, si Valeria de verdad estaba intentando provocarlo, esa táctica no le iba a funcionar.
Valeria soltó una carcajada de pronto y asintió, muy seria.
—Mmm, entonces ya me quedo más tranquila.

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