—...Sí, señor.
Santiago asintió con respeto y se retiró en silencio.
La habitación volvió a quedar en calma. La mirada de Alejandro se suavizó mientras dejaba que el rostro de la mujer se acomodara por completo en la palma de su mano.
Ella dormía inquieta, y sus mejillas todavía lucían un tono rojizo que delataba la fiebre. Su frente, que él había secado hacía poco, volvía a estar perlada de pequeñas y cristalinas gotas de sudor.
Alejandro tomó un pañuelo de papel y le secó la frente con delicadeza.
—Me siento mal...
Al balbucear esas palabras medio dormida, giró el cuello con fastidio, como si odiara que la tocaran. Al ver eso, Alejandro se limitó a sentarse en silencio junto a la cama, sin hacer otro movimiento.
Esa misma noche, las oficinas de la dirección del hospital estaban completamente iluminadas.
Cuando el director investigó los hechos, comprobó que, efectivamente, dos de sus enfermeras habían aceptado sobornos.
Él estaba casi en edad de jubilarse y siempre había gozado de mucho prestigio. Sin embargo, con este escándalo, el buen nombre que había construido durante media vida estaba hecho pedazos.
—¡Ustedes... son unas descaradas! ¿Acaso no pensaron en quién es Alejandro Silva? Para decirlo sin rodeos, ¡este hospital prácticamente le pertenece a la familia Silva! ¡Y con lo que hicieron hoy casi arruinan a su esposa!
Las dos enfermeras estaban tan aterradas que habían perdido por completo el juicio, e incluso se arrodillaron a suplicar.
—Director... ¡nosotras no teníamos idea de que ella era la Señora Silva!
—Además, el señor Longoria solo dijo que venía a visitar a una amiga, quién iba a imaginar... Por favor, sálvenos, se lo suplicamos...
El director soltó un suspiro profundo y les apartó las manos de un tirón.
—¡Apenas puedo salvar mi propio puesto! ¿Cómo pretenden que las salve a ustedes? Cosechan lo que siembran, ¡vayan y denle esas explicaciones a la policía!
¿Acaso alguien común y corriente podía darse el lujo de ofender a la familia Silva?
El simple hecho de que la policía lo manejara por la vía legal ya era el mejor desenlace posible.
La policía llegó y se fue. Todo se manejó con tal discreción que ninguno de los demás pacientes se enteró; solo se investigó el tema de los sobornos y nadie mencionó a Hernán Longoria.
La tormenta pareció desvanecerse con una rapidez asombrosa.

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