—Vale, recuerdo que antes eras muy obediente.
Antes... ¿qué podía decir?
Valeria solía ser una mujer a la que no le importaban las ataduras del mundo, pero con tal de no ver a Mauricio ni un poco molesto, era capaz de dejar de hacer lo que le gustaba, cancelar planes o incluso encerrarse en casa solo para mantenerlo contento.
No respondió. Mantuvo la mirada baja, fija en la punta de los zapatos de ambos.
Estaban demasiado cerca.
Esa distancia que antes había anhelado con todo su ser.
De repente, Mauricio extendió la mano y le levantó la barbilla. Sus ojos eran tan oscuros como un lago helado.
—¿Cuándo piensas volver a casa?
—¿Te refieres a Puerto Azul?
Valeria lo miró fijamente sin mover un músculo.
—No voy a volver.
—Ya te dije, si quieres quedarte en San Cristóbal, por mí está bien. Ya tengo lista nuestra nueva casa. ¿Cuándo te mudas?
Mauricio no preguntó para conocer su opinión.
Era una orden.
Como si un emperador estuviera dictando un decreto.
Valeria le apartó la mano de un manotazo.
—Mauricio, te lo repito: ya terminamos.
—Y yo te repito: no lo acepto.
Valeria lo miró a los ojos y entendió por primera vez lo que era sentir que hablar con alguien era un total desperdicio de palabras.
Desvió la mirada y dijo en voz baja:
—Que el doctor Guzmán no lo acepte es su problema. Ya dije todo lo que tenía que decir. Nuestros caminos se han separado, no intente forzar las cosas.
Mauricio le agarró los hombros con ambas manos. A través de sus lentes se podía ver un tono rojizo en sus ojos.
—Si no hay camino, abriré uno yo mismo a la fuerza.
—Valeria, admito que antes no tenía claros mis propios sentimientos, pero ahora estoy seguro: eres la única mujer que quiero en mi vida.
Valeria soltó una media sonrisa, sin una pizca de alegría.
—¿Y qué hay de Rosalía?

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