Al final, Rosalía se salió con la suya y pasó la noche allí.
Aunque no logró meterse en la cama con el hombre, la paciencia era su mayor virtud.
Lo bueno siempre se hace esperar, se consoló.
Mientras tanto, Diego estaba tumbado en la cama de la habitación de invitados, con la mente fija en Elena.
De repente, se dio cuenta de lo patética que se había vuelto su existencia.
Dos matrimonios a sus espaldas, y ambos habían terminado en desastres monumentales y humillantes.
Y ahora se veía obligado a prostituir su futuro sentimental para salvar su carrera.
Si tan solo hubiera sido honesto con Elena desde el principio. Si hubiera firmado el acta de matrimonio y se hubiera dedicado a formar un hogar con ella... no estaría ahogándose en este mar de arrepentimientos.
A las siete en punto de la mañana, sonó la alarma.
Diego la apagó, se levantó, se dio una ducha rápida y salió de la habitación.
Para su sorpresa, Rosalía estaba en la cocina intentando preparar el desayuno.
No parecía tener mucha idea de lo que hacía; un ligero olor a quemado flotaba en el aire.
Al escuchar sus pasos, ella se giró y le dedicó una sonrisa apenada.
—Iba a prepararte el desayuno, pero lo arruiné. Mejor sacaré las empanadas congeladas.
Las dichosas empanadas llevaban semanas en el congelador, un regalo que le había dejado su hermana Valeria en su última visita.
A Diego nunca le habían gustado.
—Déjalo, no tengo apetito —cortó en seco—. Te llevaré a tu casa.
Tenía una junta importante a primera hora y no pensaba perder el tiempo soportando los caprichos de la señorita.
Consciente de sus nulas habilidades culinarias, Rosalía se encogió de hombros.
—Está bien, entonces te veo esta noche.
Diego estuvo a punto de soltar un «no hace falta», pero el recuerdo del contrato millonario le anudó la garganta y se tragó las palabras.
El Grupo Romero ya no era la potencia que alguna vez fue.
No tenía el lujo de andar rechazando salvavidas.
Si Rosalía estaba encaprichada con él, no tendría más remedio que jugar sucio y utilizarla a su favor.
Pero ¿casarse con ella? Jamás en la vida.
Minutos después, Rosalía subió al asiento del copiloto.
Mientras acomodaba su bolso, miró a su alrededor y propuso:
—Oye, deberías dejarme regalarte un auto nuevo.
El vehículo que manejaba en realidad le pertenecía a Valeria; él solo lo tomaba prestado durante sus estancias en Ciudad del Norte.
—No es necesario —respondió él sin apartar la vista del camino.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....