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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 984

—Que vengas a pedirme que hable por ti es una vergüenza que no estoy dispuesta a pasar. La próxima vez que quieras venir a llorar por tonterías como esta, mejor ahórrate el viaje.

El sermón de la anciana Vargas dejó a Hugo con el rostro ardiendo de humillación. Sin valor para quedarse un segundo más, se puso de pie y se largó.

Días después, la anciana Valiente también se enteró de la inminente boda de Héctor. Buscó a Hugo de inmediato.

—¿Cómo es posible que Héctor se case con una pueblerina? —se quejó la señora—. Con tantas muchachas de buena familia que hay en Ciudad del Norte, ¿no encontró a nadie mejor? Dile que me traiga a esa chica para verla. Si no da la talla, que rompa ese compromiso de inmediato. Yo me encargaré de buscarle una mujer decente.

Hugo dejó escapar un suspiro de agotamiento.

—Mamá, por favor, no empeores las cosas. Ya firmaron el acta de matrimonio. Se casaron legalmente y hasta hicieron una fiesta en Ciudad del Río. Esta celebración en Ciudad del Norte es solo para cumplir con los familiares de aquí.

Por supuesto, esos «familiares» no incluían a la familia Valiente.

Ni siquiera Hugo había recibido una maldita invitación.

La anciana resopló, indignada.

—Este muchacho es un malagradecido. Es el nieto de la familia Valiente. ¿Cómo se atreve a organizar una boda sin siquiera consultarnos? ¿Y por qué yo no he recibido mi invitación? Seguro es obra de esa arpía de Bianca, llenándole la cabeza de mentiras para que nos vea como sus enemigos. Te lo dije desde el principio: tenías que traer a Héctor a vivir con nosotros y no dejarlo tirado por ahí. Bianca no tiene idea de cómo criar a un hombre de nuestro nivel. Pero claro, nunca me escuchas.

Hugo sentía que la cabeza le iba a estallar ante los reclamos incesantes de su madre.

***

Al salir del trabajo, Elena acompañó a Amelia a la última prueba de su vestido de novia.

Amelia había planeado una temática muy específica para la ceremonia: todos los invitados debían vestir de color rosa.

Los familiares de las familias Alvarado y Valverde no pusieron objeciones; todos confirmaron que estarían encantados de usar tonos rosados para complacer a la novia.

Sin embargo, Elena pensó en Alejandro. Su esposo y ella estaban invitados, pero Alejandro no tenía una sola prenda rosa en todo su inmenso armario.

Amelia odiaba los diseños tradicionales de vestidos de novia. Ella misma había rediseñado el suyo: la parte superior simulaba la elegancia de un traje antiguo de la realeza, mientras que la falda caía en cascadas de tul suave. Además, llevaría unos zapatos diseñados por ella misma.

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