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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 209

Lucía se tensó por un instante, pero recuperó la compostura enseguida:

—Yo no la veo tan diferente. Sí, últimamente ha estado más distante y ya no va a cenar a casa con nuestra madre, pero cada vez que surge un problema en la empresa y la buscan, ella ayuda sin dudarlo. ¿Eso no te demuestra que todavía le importas?

En la familia, Lucía siempre había sido la más lista, así que sus palabras tranquilizaron bastante a Diego.

—Tienes razón, Elena siempre ha estado enamorada de mí. No sé por qué dudé.

Lucía miró el reloj y cambió de tema:

—Vámonos a preparar la siguiente junta. Diego, lo primero para un hombre deben ser sus negocios. Mientras tengas poder y dinero, las mujeres seguirán girando a tu alrededor.

Diego pensó que el consejo de su hermana era muy atinado y asintió.

—Entendido.

***

Al salir del trabajo, Elena se dirigió a una joyería con la intención de comprarle una medalla protectora a su abuela, de esas que atraían la buena suerte y la salud.

Apenas llegó a la puerta del lugar, se topó nuevamente con Adriana.

Adriana iba saliendo de comer con unas amigas. Al cruzarse con Elena, recordó de inmediato que su madre llevaba días detenida y la rabia se le disparó. Se plantó frente a ella y le dijo:

—Elena, mi mamá lleva días encerrada en el ministerio público por tu culpa. Si tuvieras poquita vergüenza, ya habrías quitado la denuncia para que pueda salir.

Elena no tenía ganas de hacerle caso y se dio media vuelta para irse.

Adriana le cerró el paso y alzó todavía más la voz, chillando:

—¡Es tu propia madre! ¿Cómo puedes ser tan cruel? ¿De verdad quieres verla muerta? Sí, tal vez no te crio, ¡pero te dio la vida! Dime cuánto quieres para retirar la demanda.

Elena la miró fijamente y respondió con una frialdad cortante:

—Ya te lo advertí: aunque me pagues lo que sea, no voy a echarme para atrás. Y si sigues molestándome, hablaré con Diego de inmediato.

Adriana se quedó temblando de coraje, pero no se atrevió a decir ni pío.

Elena la esquivó y entró a la tienda.

Estaba a punto de revisar el muestrario cuando notó que a su lado se encontraban la señora Valverde y su hija Isidora, a quienes no veía desde hacía tiempo.

De inmediato las saludó por cortesía:

Recordando los rumores que había escuchado, Elena prefirió no hacer más preguntas para no incomodarla.

Por su parte, Isidora sentía cómo la envidia la carcomía al ver el esmero que ponía cada año en los regalos de esos gemelos, mientras que a Sebastián y a ella siempre les compraba cualquier cosa por compromiso.

¿Qué acaso ellos no eran hijos de la familia Valverde? ¿Por qué no podía darles un poquito más de cariño de madre?

Las tres se dirigieron a un restaurante cercano.

Mientras Elena iba al baño, Isidora aprovechó para murmurarle a su madre:

—Mamá, hace rato escuché lo que Elena estaba platicando con la hija de los Castillo. Por lo visto, Elena metió a la cárcel a su propia madre biológica. Sinceramente, creo que no nos conviene juntarnos con alguien así.

Pero la señora Valverde no era ninguna ingenua, y respondió con total firmeza:

—Yo tengo muy buen ojo y sé que Elena es una buena muchacha. Además, el respeto se gana. Si la metieron presa, es porque algo malo debió haber hecho, ¿no crees? Seguramente le hizo mucho daño a la pobre niña... Ahora me da todavía más pena.

Al ver que la defendía a capa y espada, la bilis se le revolvió a Isidora.

¿Qué tenía de especial esa tipa para que la señora Valverde la protegiera con tanta devoción?

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