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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 217

Elena ni siquiera le prestó atención. Se dirigió al encargado:

—Sí lo quiero, pero en este momento solo tengo un millón en la cuenta. ¿Podría pagar el resto después?

El empleado la miró con pena.

—Lo siento, señorita, eso va contra las políticas del lugar.

Adriana se burló:

—Ay, por favor, Elena, si no te alcanza, déjalo ya. Esto no es un lugar donde puedas aplazar el pago a tu antojo.

Elena estaba pensando en tirar la toalla cuando, de repente, la señora Valverde se acercó, le tomó la mano y le dijo con una sonrisa:

—Yo te lo pongo.

Elena la miró sorprendida y negó con la cabeza.

—No se moleste, no hace falta, ya no lo quiero.

La señora Valverde le apretó la mano con afecto, sacó una tarjeta y se la tendió al empleado:

—Cóbrese de aquí.

Elena se apuró a sacar la suya:

—Yo pago el millón, y los cien mil restantes se los quedo a deber a la señora Valverde.

La señora Valverde negó con la cabeza, resignada:

—Ay, muchacha, qué formal eres conmigo.

A Adriana le hirvió la sangre al ver que la mujer estaba dispuesta a ayudar a Elena. Sin embargo, no pudo evitar sonreír con sorna al pensar que Elena se acababa de gastar un millón de pesos en un pedazo de marfil viejo.

Cuando le entregaron el estuche, Elena le dio las gracias de corazón:

—Señora Bianca, le prometo que en unos días le pago los cien mil pesos.

—No te presiones, no me urge ese dinero —respondió ella.

Hugo se acercó y, al ver que la señora Valverde le había pagado la cuenta, sintió aún más repulsión por Elena. Le parecía indignante la facilidad con la que Elena conseguía que otros gastaran dinero en ella; no estaba dispuesto a permitir que Bianca cayera también en esa dinámica.

Así que se dirigió a la mujer:

—Bianca, yo...

No alcanzó a decir más. Ella tomó a Elena del brazo y se alejó de inmediato, como si la sola presencia del hombre contaminara el aire.

Al ver que aún le guardaba rencor, Hugo soltó un suspiro.

Adriana, que no se aguantaba el chisme, le preguntó:

—¿A quiénes? —preguntó Elena.

La señora Valverde dejó escapar una risa breve y áspera:

—A los infieles que se hacen las víctimas y fingen amor eterno. Si de verdad sintieran culpa por lo que le hicieron a su expareja, al menos tendrían la decencia de cargar con sus errores.

Hugo palideció y la miró, incrédulo. ¿Tan duro tenía el corazón como para desearle la muerte?

Se abrieron las puertas. La señora Valverde, Elena e Isabel entraron. Hugo se quedó congelado, sin atreverse a seguirlas.

En cuanto el elevador cerró, la fachada de hielo de la señora Valverde se derrumbó. Pensó en sus hijos y ya no pudo contener la emoción.

Elena notó su cambio y le preguntó con preocupación:

—Señora Bianca, ¿se encuentra bien?

Ella negó con la cabeza.

—Estoy bien. Hugo no me afecta, lo que me duele es que, por culpa de él, mis hijos terminaron pagando las consecuencias.

Elena no sabía qué decirle para consolarla, así que solo le apretó la mano para darle apoyo.

En el trayecto, Elena no aguantó la duda y le preguntó:

—Señora Bianca, ¿se acuerda exactamente dónde desaparecieron los mellizos? ¿Tenían alguna marca de nacimiento? Si nos da alguna pista, quizá podamos ayudar a buscarlos.

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