—Ya pasó, dolió un poco, pero ya estoy mejor.
Alejandro fijó la vista en su tobillo. Al estar sentada, el vestido se le había subido hasta las rodillas, dejando al descubierto sus piernas pálidas y delgadas. Tenía el tobillo rojo e hinchado; la lesión era evidente.
—Te llevaré a urgencias para que te revisen.
—No, de verdad, ya no me duele.
Solo se veía tan grave porque su piel era muy blanca y cualquier golpe se le marcaba enseguida.
—¿Segura?
Ella asintió.
—Está bien.
Pensó que la soltaría, pero para su sorpresa, la volvió a cargar. Por puro reflejo, ella le rodeó el cuello con los brazos.
—¡Alejandro!
—Te llevo a casa —dijo él con voz ronca—. Tienes que tratarte ese golpe.
Su mano grande la sostenía por la cintura con una firmeza que no admitía discusiones.
Desde el área privada del segundo piso, Isidora vio cómo Alejandro salía cargando a Elena y apretó tanto el tenedor que casi lo deformó. Al parecer, Alejandro sí sentía algo por esa mujer.
***
Al llegar al departamento, Alejandro la recostó con cuidado en el sillón. Como no era la primera vez que la curaba, encontró el botiquín enseguida.
Y, como si fuera una mala costumbre, otra vez se había lastimado un pie.
Se agachó y le apoyó el tobillo sobre la pierna.
A diferencia de la última vez, ahora sus movimientos eran lentos y pausados. Cuando sus dedos rozaron por accidente su pantorrilla, Elena se tensó de inmediato y apenas pudo respirar con normalidad.
Él ni se inmutó y siguió aplicándole la pomada como si nada. Un buen rato después, le bajó el pie y guardó las cosas.
—Te va a costar trabajo caminar, mejor no te metas a bañar hoy.
Elena asintió, con un hilito de voz.
—De acuerdo.
Entró en la habitación, cerró con llave y se recostó con los ojos cerrados. Quién sabe cuánto tiempo pasó hasta que sonó el teléfono de la habitación. Abrió los ojos, todavía adormilada, y respondió.
—Señorita Navarro, la buscan en recepción. Una chava que dice llamarse Isabel.
Era su amiga.
Elena se levantó, se arregló el cabello y abrió la puerta. Apenas asomó la cabeza, alguien le tapó la boca y la jaló hacia adentro de un tirón.
La puerta se cerró de golpe.
Dos tipos la sometieron contra la cama y le amordazaron la boca con un trapo.
—Elena, ¿tienes idea de cuánto tiempo te estuve esperando aquí?
Reconoció la voz de uno de ellos de inmediato: era Sebastián.
Elena intentó patalear, pero él no la dejó. Entre él y su guarura sacaron unas cuerdas y la amarraron a la cabecera.
No podía ni moverse, así que solo lo fulminó con la mirada. Sebastián llevaba demasiado tiempo obsesionado con aquel momento.
La noche anterior, Isidora lo había buscado para armar el plan y ponerle a Elena en bandeja de plata. No tenía idea de cómo Isidora había calculado todo con tanta precisión, pero ahí estaba, en aquel hotel miserable, con Elena completamente indefensa.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....