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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 222

En ese momento, le llegó un mensaje de Alejandro.

[Avísame cuando despiertes, te llevo el desayuno].

Elena le contestó:

[Ya estoy despierta].

Dos minutos después, sonó el timbre y Elena fue a abrir.

Alejandro estaba parado en la puerta, con ropa cómoda de color blanco y una expresión serena.

Elena lo dejó pasar.

Él dejó la comida sobre la mesa y preguntó:

—¿Dormiste bien?

Elena asintió:

—Más o menos.

No tenía mucho apetito y, como aún le dolían las encías, apenas probó un par de cucharadas antes de dejarlo.

Luego, miró a Alejandro:

—¿Se comunicó contigo el abogado Cortés? Si demando a Sebastián, ¿qué tantas posibilidades tengo de ganar?

Alejandro recordó las palabras de Javier de la noche anterior y respondió en tono neutro:

—Está seguro de que ganará el caso.

Elena sonrió:

—Qué bueno. Cuando ganemos, invitaré a comer al abogado Cortés.

Al hablar, se rozó sin querer la herida y sintió de nuevo un dolor agudo en las encías.

Al verla hacer una mueca de dolor, Alejandro suspiró. De pronto, extendió la mano y le acarició el cabello.

—Elena, si vuelve a pasar algo así, no seas tan tonta.

—¿Qué? —Lo miró confundida. No sabía si era cosa suya, pero por un instante creyó ver una preocupación real en él.

—Menos mal que era un tercer piso. Si hubiera sido más alto, ¿también te habrías lanzado?

Ella no tenía idea de que la noche anterior, al leer el reporte policial y enterarse de que se había aventado desde el tercer piso, él había sentido un golpe seco en el pecho.

—¡Isidora, cómprame un boleto de avión de inmediato, tengo que irme del país!

En cuanto supo que Alejandro había contratado a Javier para demandarlo, entendió que la situación podía volverse realmente grave. Aunque había limpiado todo el rastro, no quería arriesgarse. Huir era su mejor opción.

—No me digas qué hacer, ya lo compré. Te vas del país en un rato. —Isidora sabía perfecto que su buena vida dependía de que Sebastián heredara el imperio de los Valverde, así que, a pesar de su enojo, ya había organizado todo.

—Te lo agradezco —suspiró Sebastián, aliviado, antes de apretar los dientes—. Elena va a pagar por esto. Se atrevió a dejarme así. Cuando regrese, haré que entienda con quién se metió.

Isidora le lanzó una mirada fulminante.

—¿En serio sigues pensando en esa cualquiera en un momento así?

Tras regañarlo, ordenó a los guardaespaldas que lo subieran a una silla de ruedas y lo llevaran al aeropuerto.

Pero antes de llegar, un grupo de hombres de traje negro les cerró el paso.

Tanto Isidora como Sebastián palidecieron.

No tuvieron ni tiempo de defenderse antes de que se llevaran a Sebastián.

Isidora apretó los puños, segura de que Alejandro estaba detrás de esto. Sin dudarlo, le marcó.

—Alejandro, ¿tú mandaste a que se llevaran a Sebastián?

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