Alejandro respondió con un seco sonido de asentimiento.
Isidora esbozó una sonrisa forzada:
—Me acabo de enterar de lo que le pasó a Sebastián y vine a verlo al hospital. Me contó que hubo un malentendido con la señorita Navarro. No puedes creer solo la versión de ella, ¿verdad?
Alejandro soltó una risa sarcástica:
—¿Un malentendido?
Isidora tragó saliva:
—Claro. Sebastián será muy mujeriego, pero jamás haría una tontería de ese nivel.
La mirada de Alejandro se volvió aún más gélida. Si Isidora hubiera estado frente a él en ese momento, se habría encogido de miedo ante su presencia.
—Isidora, ¿me ves cara de estúpido?
Isidora supo entonces que Alejandro no iba a soltar el tema tan fácil.
Al colgar, los ojos se le llenaron de lágrimas del puro coraje.
¿De verdad Alejandro iba a ser tan despiadado con Sebastián solo por Elena?
Aunque ya no había pruebas, si Alejandro intervenía, a Sebastián le iba a ir muy mal.
El futuro de la familia Valverde les pertenecía a ellos dos; si su hermano perdía la herencia, ella también se hundiría.
Tenía que lograr que Alejandro lo dejara en paz a como diera lugar.
Sin embargo, si le pedía a sus padres adoptivos que intercedieran, correría el riesgo de provocar una guerra entre ambas familias, y entonces, ¿cómo lograría casarse con Alejandro?
Tras darle muchas vueltas, se acordó de los Romero.
¡Exacto! Lo más efectivo era usar a la familia Romero para obligar a Elena a retirar la demanda.
***
Sonó el timbre y Elena abrió la puerta.
Al ver que eran Diego y Beatriz, su expresión se volvió de piedra.
—¿Se les ofrece algo?
Diego acababa de regresar de su viaje de negocios y no sabía bien cómo habían estado las cosas. Lo único que le habían dicho era que Sebastián le había hecho un par de comentarios pesados a Elena y que por eso lo quería demandar.
—¿Es cierto que vas a demandar a Sebastián? —le preguntó.
Elena asintió:
—Sí. ¿Tienes algún problema con eso?
Por mucho que la amara, no soportaba la idea de que otro hombre le hubiera puesto las manos encima.
Elena, leyendo sus intenciones, sintió aún más asco.
—Si de verdad me hubiera hecho algo, me habrías botado enseguida, ¿no? Y mucho menos habrías ido a reclamarle a Sebastián.
Era cierto que ese pensamiento le había cruzado la mente por un segundo.
Pero luego se convenció de que, aunque la hubieran tocado, no la abandonaría.
Aun en el mejor de los casos, pensó que necesitaría tiempo para aceptar algo así; la sola idea seguía revolviéndole el estómago.
Sí, siempre y cuando ella aprendiera la lección y dejara de salir a provocar hombres.
Al escuchar el reclamo de Elena, él se ofendió:
—¿Crees que soy esa clase de persona? Elena, eres mi esposa, jamás sería tan cruel contigo. Te lo he dicho mil veces: salir a trabajar no te deja dinero y solo te trae problemas. Si hubieras renunciado hace tiempo, nada de esto habría pasado. ¡Al final de cuentas, todo es culpa tuya por no saber cuidarte!
Elena soltó una carcajada de indignación.
—Ah, resulta que yo soy la víctima, ¡pero la culpa es mía! Diego, ¿de verdad te haces llamar hombre?
Al ver que insultaban a su hijo, Beatriz se puso furiosa:
—¡Elena, no le eches la culpa a mi hijo por los problemas que tú misma provocas por andar de coqueta! Si te hubieras quedado quietecita en tu casa, cumpliendo con tu deber de esposa, nadie te habría faltado al respeto. ¡Te lo advierto, si no retiras esa demanda, en la familia Romero no vamos a tolerar a una buscapleitos como tú!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....