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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 241

—Tengo una urgencia, me voy —le dijo a Adriel.

—Te llevo —se ofreció él.

Elena negó con la cabeza.

—No es necesario.

Dicho esto, se dispuso a irse.

Diego la detuvo.

—¿Qué pasa? ¿Le pasó algo a tu abuela otra vez? Te llevo...

Al parecer, se le había olvidado por completo el daño que él y Adriana le habían hecho a la anciana.

Pero Elena sí lo recordaba.

Tomó el vaso de agua que estaba en la mesa y se lo arrojó a Diego en la cara.

Él no esperaba que lo tratara así y la miró, incrédulo.

—¡Elena!

Con el rostro lleno de repulsión, ella soltó:

—Diego, me das asco. Aléjate de mí y de mi familia.

Era la primera vez que le hablaba con tanta frialdad.

Diego se quedó pasmado, olvidando incluso la intención de tomarla del brazo.

Elena no le prestó más atención y salió del restaurante.

Al ver que Diego pretendía ir tras ella, Adriel se interpuso en su camino y le dijo con burla:

—¿No escuchaste bien? Elena dijo que le das asco, ¡no seas terco y deja de humillarte a ti mismo!

Al recordar la expresión de odio en el rostro de Elena, Diego sintió cómo el miedo se le instalaba por dentro.

«¿Acaso Elena me odia?»

No podía ser.

Hizo a un lado a Adriel y salió corriendo tras ella.

Cuando Elena llegó al hospital y vio a su abuela descansando tranquilamente en la cama, supo que había sido una falsa alarma y soltó un suspiro de alivio.

Se dirigió a su tía Carmen:

—¿Por qué no me explicaste bien en el teléfono? Casi me das un infarto.

La abuela lo pensó un momento antes de responder:

—Nuestro pueblo es muy pequeño; cualquier rumor se extiende enseguida. Pero la verdad, no me suena. ¿No será que a esos niños se los llevaron a otro estado?

Al recordar la angustia en el rostro de la señora Valverde, Elena sintió aún más compasión por ella.

***

En la entrada del hospital, Diego, quien había seguido a Elena todo el camino, fue detenido por dos guardaespaldas.

Los miró con una frialdad cortante, mientras los celos le hervían por dentro.

Que Alejandro llegara a ese extremo por Elena le dejaba claro que no era un simple gesto de cortesía; no se creía el cuento de que no tenía intenciones con ella.

Como no podía entrar, no le quedó más remedio que esperar a que saliera.

Una hora después, Elena por fin abandonó el edificio.

Diego la tomó del brazo y prácticamente la obligó a subir a su coche.

Al no poder zafarse, Elena se sentó y lo fulminó con la mirada.

Él no quería pensar en lo que ella le había dicho en el restaurante; solo deseaba recuperar lo que habían sido antes. Por eso, suavizó el tono e intentó calmarla:

—Elena, no te pongas así conmigo. Tengo que lidiar con los problemas del trabajo y, al mismo tiempo, intentar arreglar lo nuestro. Todo esto me está agotando. Y otra cosa, ¿por qué no me consultaste sobre el traslado de tu abuela? Soy de tu familia. Alejandro no es más que un extraño. ¿Confías en él pero no en mí?

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