Así que, decidió marcarle al asistente de Alejandro.
—Señorita Navarro, el señor Vargas se lastimó la mano y está en el hospital.
Elena sintió que la inquietud le cerraba el pecho.
—¿Qué le pasó? ¿Está muy grave?
El asistente guardó silencio un momento antes de responder:
—Hoy vino la señorita Moreno a la oficina. Traía una navaja y amenazó al señor Vargas exigiéndole que regresaran, o de lo contrario se quitaría la vida. Cuando él intentó quitarle el arma, se cortó la palma de la mano.
Elena se quedó paralizada al oírlo.
—Páseme la dirección del hospital.
En cuanto llegó, encontró a Alejandro sentado en una habitación privada. Tenía la mano izquierda vendada y estaba conectado a un suero con desinflamatorios.
—Señor Vargas, ¿se encuentra bien?
Al verla entrar, él le dedicó una leve sonrisa.
—No es nada grave.
El asistente, intuyendo que querían hablar a solas, tuvo el tacto de salir y cerrar la puerta tras de sí.
—¿Fue la misma señorita Moreno que ha venido a buscarte estos últimos días? —le preguntó ella.
Alejandro asintió.
—Ya rompí el compromiso con ella, pero por lo visto no logra asimilarlo.
—En el estado en el que está, la señorita Moreno debería ir a terapia, ¿no crees? —comentó Elena con preocupación.
—El señor Moreno y su esposa ya intentaron llevarla, pero ella se niega rotundamente a recibir ayuda psiquiátrica.
Elena tampoco supo qué más decir al respecto, así que simplemente se quedó haciéndole compañía.
Al notar que tenía los labios resecos, le preguntó en voz baja:
—¿Tienes sed? Te sirvo un vaso de agua.
Alejandro asintió. Ella se acercó a la mesita y le sirvió agua. Cuando él terminó de tomar, le quitó el vaso y lo dejó en su lugar.
De repente, el celular de Alejandro vibró. Al sacarlo y ver que era un mensaje del trabajo, intentó contestar, pero con la mano vendada le resultaba imposible teclear bien.
Elena se dio cuenta enseguida.
—¿Quieres que te ayude?
Alejandro le pasó el teléfono. Al abrir la aplicación, notó que casi todos sus contactos en WhatsApp eran altos ejecutivos de la empresa. Sin embargo, su propio chat estaba anclado hasta arriba.
Ese detalle la tomó por sorpresa. Fingiendo que no había visto nada, le preguntó con naturalidad:
—Tienes varios mensajes sin leer, ¿cuál contesto primero?
Ella salió al pasillo a buscarlo, pero el muchacho había desaparecido. Tampoco había rastro del guardaespaldas que solía estar en la puerta.
Sin más remedio, regresó a la habitación.
—Yo te ayudo —le dijo, sintiéndose bastante cohibida.
Él soltó una pequeña carcajada.
—Perdona las molestias. Solo necesito que me ayudes a llevar el portasuero.
Elena empujó el tripié del suero hasta el interior del baño, luego se dio la media vuelta y salió, cerrándole la puerta para darle privacidad.
No se alejó mucho; se quedó parada justo afuera hasta que él terminó. Luego abrió la puerta y lo ayudó a regresar a la cama con el tripié.
Durante todo el trayecto, Elena fue incapaz de levantar la mirada por la pena.
Al verla tan ruborizada, Alejandro decidió no echarle más leña al fuego y mejor se puso a revisar los documentos de su celular.
Unos diez minutos después, Elena se fijó que la bolsa de suero ya estaba por terminarse, así que apretó el botón de asistencia para que una enfermera viniera a retirarle la aguja. Como no aparecía nadie, decidió salir al pasillo para buscar ayuda.
Mientras tanto, en otra habitación del mismo piso...
Diego estaba sentado en la cama del hospital, pálido y pegándole de gritos a su cuidadora:
—¿Qué te pasa? ¿No sabes ni siquiera servir agua a una temperatura normal?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....