La cuidadora se sentía frustrada. Hacía un momento le había servido agua tibia y él se quejó de que estaba fría; luego le llevó agua caliente y le reclamó que quemaba.
El señor Romero era insoportable. Sin más opciones, se quedó de pie a un lado, tragándose su coraje en silencio.
Aunque Diego ya había montado su escena, seguía de mal humor.
Recordó las veces que se había enfermado en el pasado; Elena siempre lo cuidaba con palabras dulces y estaba pendiente de cada detalle. No como aquella cuidadora inútil, torpe y completamente incapaz de entender lo más básico.
Volvió a marcarle a su hermana:
—Hermana, ¿no se supone que ibas a convencer a Elena para que viniera a cuidarme?
Él mismo le había marcado a Elena, pero no le contestó.
Como Lucía siempre encontraba la forma de salirse con la suya, no tuvo más remedio que pedirle ayuda.
Lucía le respondió irritada:
—Ya le hablé. Dice que está muy ocupada. Además, lo tuyo no es grave; descansa un par de días y vuelve al trabajo. Si tanto necesitas que te cuiden, llama a Adriana.
Diego no entendía por qué, pero la única persona que quería a su lado era a Elena. Enojado, replicó:
—Olvídalo, ya no quiero que venga nadie.
Al colgar, Diego seguía de muy mal humor. Le ordenó a la cuidadora:
—Sácame a dar una vuelta.
La mujer, resignada, lo ayudó a sentarse en la silla de ruedas y lo empujó fuera de la habitación.
Al pasar por la estación de enfermeras, Diego alcanzó a ver una silueta conocida. ¡Era Elena!
Sabía que, en el fondo, ella seguía preocupada por él y había ido a verlo. Le ordenó a la cuidadora:
—Alcanza a la mujer del vestido azul claro que va allá adelante.
Justo en ese momento, había dos mujeres con vestidos de color azul claro cerca de la estación. La cuidadora pensó que se refería a la más voluptuosa, así que se dirigió hacia ella.
Elena ni siquiera se había dado cuenta de que Diego estaba ahí; entró a la habitación de Alejandro junto con una enfermera. La otra mujer del vestido azul iba directo a los elevadores.
Al ver que la cuidadora se había equivocado de rumbo, Diego le gritó desesperado:
—¿Qué te pasa? Te dije que siguieras a la otra mujer de azul.
La mujer por fin entendió el error y dio la vuelta a la silla, pero para entonces, Elena ya había desaparecido del pasillo.
Diego apretó la mandíbula.
—Seguro sigue aquí. Empújame, vamos a buscarla cuarto por cuarto.
—¿Te da miedo que nos vea juntos? —preguntó él con un tono algo frío.
—Para nada, es solo que no quiero lidiar con él —le explicó Elena—. Le he dejado claro mil veces que ya terminamos, pero se niega a aceptarlo. A veces siento que es igual que la señorita Moreno: obsesivo y convencido de que todo gira a su alrededor.
Al notar el fastidio con el que hablaba de su ex, a Alejandro se le dibujó una sonrisa en los labios.
Por su parte, Diego llegó a la entrada de la habitación y, al ver la puerta abierta, le ordenó a su cuidadora:
—Méteme a ver quién está.
Al ver que era una habitación VIP, la mujer se puso tensa. Si molestaban a alguien importante, podía meterse en problemas.
Pero Diego no le dio opción, así que no le quedó de otra más que meter la silla.
La habitación estaba vacía.
Diego frunció el ceño. Justo cuando estaba a punto de salir, notó que la puerta del baño estaba cerrada.
—Abre la puerta del baño —le ordenó a la cuidadora.
Del otro lado, Elena contuvo el aliento de golpe. Aunque entre ella y Alejandro no estaba ocurriendo nada, si los encontraban escondidos juntos en el baño, nadie creería sus explicaciones.
Alejandro sonrió al notar su nerviosismo. En ese momento, ella ni siquiera se había dado cuenta de que se había aferrado a él, abrazándolo con todas sus fuerzas.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....