La cuidadora no tuvo más remedio que empujar la puerta.
Justo cuando su mano estaba a punto de tocar la manija, una enfermera se acercó con mala cara y les preguntó:
—¿De qué habitación son? ¡Regresen a su cuarto!
Diego se negó a irse y preguntó:
—¿Había alguien en esta habitación antes?
La enfermera le respondió de mala gana:
—Ese paciente ya fue dado de alta desde hace rato. Regresen a su lugar y no retrasen a la de limpieza.
La cuidadora miró a Diego con vacilación:
—Señor Romero, tal vez lo mejor sea que regresemos.
Diego sintió otra fuerte punzada en el estómago.
Su rostro palideció un poco y, aguantando el dolor, murmuró:
—Vámonos.
Después de que Diego se fue, Elena por fin pudo respirar aliviada.
Sin embargo, afuera todavía estaban las cuidadoras y la señora del aseo; salir en ese momento resultaba bastante incómodo.
Alejandro, como si leyera su mente, sacó su celular y llamó a sus guardaespaldas.
Al cabo de un rato, el pasillo quedó en total silencio.
Él miró a Elena y le dijo:
—Ya se fueron todos, nosotros también deberíamos irnos.
Elena evitó mirarlo y salió de la habitación a su lado, incapaz de disimular su turbación.
Al llegar al departamento, Elena lo acompañó hasta la puerta. Dudó un momento antes de decirle:
—Si estos dos días tienes algún inconveniente o necesitas ayuda, puedes avisarme.
Alejandro levantó una ceja:
—¿Incluso para bañarme?
Elena se ruborizó de inmediato.
—P-para ese tipo de cosas tendrías que contratar a un enfermero. Yo no te puedo ayudar con eso.
Él sonrió, fingiendo una profunda decepción.
—Entiendo.
Elena sintió que últimamente Alejandro cruzaba demasiado a menudo ciertos límites y que su cercanía la desarmaba con una facilidad inquietante, así que decidió ignorarlo.
—Ya me voy a mi casa.
—De acuerdo.
Al llegar, Elena se sentó en el sofá con Chispa en brazos y se quedó con la mirada perdida por un buen rato.
Hacía muchísimo tiempo que nadie la dejaba tan alterada.
Ni siquiera al principio de su relación con Diego se había sentido tan nerviosa.
Chispa le frotó la cabecita contra la mano.
Ella reaccionó, acarició a Chispa y suspiró con resignación:
—Tu dueño sí que sabe cómo descolocar a alguien.
Elena asintió con un simple «Mhm».
Llevaba el cabello suelto, con un par de mechones cayéndole desordenadamente sobre la cara.
Alejandro se acercó, se paró detrás de ella y, suavemente, le apartó el cabello para recogerlo con una pinza.
Elena se quedó congelada.
Sintió que las orejas le ardían.
Fingiendo calma, preguntó:
—¿De dónde sacaste esa pinza?
Él sonrió levemente:
—La última vez dejaste tirada una en mi coche. Como pensé que sueles perderlas, compré varias para tenerlas aquí por si acaso. No me imaginé que las fuera a usar tan pronto.
Elena detuvo sus manos mientras lavaba las verduras.
¿Acaso no se daba cuenta de lo mucho que provocaba con ese tipo de comentarios?
—Voy a terminar de hacer la cena, ve a esperar afuera.
Tenerlo ahí, mirándola de cerca, la ponía demasiado nerviosa como para actuar con naturalidad.
Alejandro asintió y salió de la cocina.
Elena había dejado su celular en el sofá de la sala.
Al sentarse, Alejandro vio que la pantalla se iluminaba con la notificación de un mensaje.
Enzo Cruz: [Ya logré entrar al instituto, señorita Navarro. ¿Le gustaría que fuéramos a comer algún día para celebrar?]
Alejandro entrecerró los ojos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....