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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 357

Lucía no le dio más explicaciones y fue al grano:

—Si crees que el proyecto es viable, se lo paso al vicepresidente Montoya para que lo eche a andar. Esto va a necesitar mucha inversión más adelante, así que vamos a tener que recortar un poco el presupuesto del departamento de marketing.

Diego lo pensó un momento.

—Este año necesitamos expandir más el mercado, no podemos bajarle a la lana de publicidad. Ya nos cayó el primer pago de las colaboraciones que hicimos con unas empresas en Ciudad del Norte; por ahora, vamos a usar ese dinero para respaldar la investigación.

A Lucía le pareció una jugada arriesgada, pero considerando que el Grupo Romero ya había perdido a dos clientes pesados este año —el Grupo Vargas y el Grupo Valverde—, si además descuidaban el marketing, los reportes financieros del próximo trimestre iban a estar para llorar. Si los accionistas hacían un berrinche, les iba a pegar durísimo.

Así que no le quedó de otra más que aceptar.

—Sale, pero tienes que cuidar muy bien las relaciones con esos directores de Ciudad del Norte, no la vayas a regar.

—Tranquila, Lucía, yo me encargo.

En ese momento, la secretaria tocó la puerta para avisar que Adriana había llegado.

Diego frunció el ceño.

—¿A qué viene a la oficina? Bueno, ya, déjala pasar.

Adriana entró cargando un termo.

Preocupado de que se cansara y le afectara al bebé, Diego se adelantó a quitarle el termo y la ayudó a sentarse.

—Con tu estado ahorita, ¿no deberías estar descansando en la casa?

Adriana le sonrió.

—Te he visto muy presionado con el trabajo estos días y traes mala cara, así que le pedí a la señora Ruiz que te preparara un caldo para que agarres fuerzas. No me cansé, ni te preocupes.

Al notar que Lucía también estaba ahí, le ofreció:

—¿Quieres un poco, Lucía?

Lucía, pensando en la brillantez de Elena para la investigación y en lo mediocre que era Adriana, la vio con bastante desprecio.

—No, gracias, yo no necesito esas cosas.

Adriana percibió el desdén en su tono y sintió que se le revolvía el ánimo, pero aun así forzó una sonrisa.

Dicho esto, abrió la aplicación de notas en su celular y se la mostró:

—Mira, ¿a poco no se parece a las ideas que yo había apuntado?

Cuando trabajaba en el Grupo Vargas, había escuchado a Elena platicar de ese tema con la gente de allá. Tomó nota de las ideas, pero nunca tuvo tiempo de pulir bien el proyecto.

Al revisar el celular, Diego por fin le creyó.

Adriana se estaba volviendo loca de aburrimiento encerrada en la casa. Para colmo, desde que dejó de trabajar, sentía que Diego ya no la trataba igual. Le urgía demostrarle que ella también podía serle útil.

—Todavía me faltan dos meses para dar a luz y últimamente me he sentido muy bien. ¿Por qué no me dejas llevar este proyecto a mí?

Diego ni siquiera había abierto la boca cuando Lucía se adelantó a batearla:

—Ni de chiste. Este proyecto es clave para el Grupo Romero, es mejor que se encargue el vicepresidente Montoya.

Adriana alzó la vista hacia Diego con una expresión tan vulnerable que parecía suplicarle sin decir una palabra.

—Diego, el vicepresidente Montoya ya tiene demasiada carga de trabajo, seguro se le va a complicar darle el seguimiento adecuado. Yo también quiero que el Grupo Romero saque resultados nuevos lo antes posible. Ándale, déjame echarles la mano con esto, ¿sí?

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