Enzo le mandó un mensaje a Elena: [¿Ya te fuiste? ¿Quieres que te lleve?]
Elena: [Ya voy en camino.]
Enzo: [Recogí tu trofeo, te lo llevo cuando tenga un rato libre.]
Elena: [Va, la próxima vez te invito a comer.]
Enzo sonrió de oreja a oreja al pensar que tendrían otra oportunidad para salir a comer.
En ese momento, Diego y Hugo se le acercaron.
A Enzo le fastidió ver a ese dos.
Sin embargo, por pura cortesía, los saludó con una sonrisa fingida.
El propósito de Diego y Hugo era el mismo de antes.
Enzo les respondió con pereza:
—Por ahora no tengo intenciones de cambiar de trabajo, luego lo vemos.
Al ver su actitud cortante, Diego y Hugo no le dieron importancia, asumiendo que así era el carácter de los genios.
Aun así, les pareció una lástima no haber logrado contratarlo en esta ocasión.
La ceremonia terminó.
Diego regresó a la casa que compartía con Adriana.
Adriana estaba revisando unos documentos del proyecto; al verlo entrar, se acercó sonriendo para abrazarlo.
Diego le preguntó:
—¿Estás cansada?
Adriana negó con la cabeza.
—Para nada, me hace muy feliz poder ayudarte con los asuntos de la empresa.
Aunque esos días no había podido descansar bien por el trabajo, estaba mucho más contenta que cuando no hacía nada.
Le encantaba que la llamaran «Directora Castillo» con tanto respeto.
Diego asintió y comentó de forma casual:
—Hoy fui a una entrega de premios y vi a un genio del instituto de investigación, un tal Enzo. Ganó dos premios, la verdad quería jalármelo para la empresa, pero lamentablemente no se pudo. Si hubiera aceptado entrar al departamento de desarrollo, tú podrías descansar y no tendrías que matarte trabajando.
A Adriana no le hizo ninguna gracia escuchar eso.
Ella se estaba dejando la piel por el Grupo Romero, y él solo pensaba en encontrar a alguien que ocupara su lugar.
Si no estuviera tan enfocada en él y se dedicara de lleno a la investigación, sus logros no serían menores que los de ese tal Enzo.
Aunque pensaba eso, no lo demostró y solo soltó una risa forzada.
Al día siguiente por la noche, al salir del trabajo, Elena invitó a Enzo a cenar.
Enzo llegó a la cita con el trofeo de ella.
Elena lo tomó con una sonrisa.
—Gracias.
—No tienes nada que agradecer, Elena.
Al verla, a Enzo se le borró de la mente todo lo que quería decirle.
Así debía sentirse enamorarse de alguien: bastaba tenerla enfrente para que se le enredaran las palabras.
Como Elena solo veía a Enzo como un amigo, ni siquiera notó su nerviosismo.
Mientras cenaban, el celular de Enzo sonó; era un colega del instituto. Le pidió una disculpa a Elena y salió del privado para contestar.
De pie en el pasillo, Enzo terminó de hablar de trabajo con su colega y ya iba de regreso al privado.
Una silueta se acercó de frente.
Era Rodrigo.
Rodrigo era muy reconocido en el extranjero en el ámbito de la investigación farmacéutica. De hecho, también había estado al pendiente de la tesis premiada de Elena.
Sin embargo, como el trabajo de Elena estaba firmado bajo el seudónimo «E. Navarro», él no tenía idea de que se trataba de ella.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....