Enzo había ido antes con su mentor a hacer un intercambio en un laboratorio en el extranjero, así que ambos se conocían de vista.
Rodrigo le preguntó:
—Me dijeron mis colegas que hace poco resolviste un problema muy complejo y ganaste el Premio de Innovación Tecnológica de Ciudad del Río. Felicidades.
Enzo sonrió.
—Gracias.
Como ambos se dedicaban a la investigación, tenían cosas en común y se pusieron a platicar sobre los temas más vanguardistas de su área.
A Rodrigo le parecieron muy interesantes algunos de sus puntos de vista, así que no dudó en halagarlo.
Enzo, que era muy honesto, le aclaró:
—En realidad, estas ideas no son mías, se le ocurrieron a una colega con más experiencia que yo.
Rodrigo preguntó con curiosidad:
—¿De quién hablas?
Enzo respondió:
—A lo mejor no la ubicas, se llama Elena.
A Rodrigo se le endureció el gesto de golpe.
Adriana ya le había platicado que la carrera de Elena estaba construida a base de los contactos de sus parejas, y que desde que Fernando la aceptó como alumna, ella solía «tomar prestadas» sus ideas académicas para colgarse las medallas.
Le pareció una reverenda estupidez que Enzo admirara a una mujer como Elena, así que se le quitaron las ganas de seguir platicando con él.
Le dijo con un tono seco:
—Tengo unas cosas que hacer, ya me voy.
Enzo no entendió por qué de repente había cortado la plática.
Pero tampoco le dio muchas vueltas al asunto, solo asintió con la cabeza y regresó al privado.
Después de haber discutido temas técnicos con Rodrigo, se dio cuenta de que muchas de sus ideas académicas no le llegaban ni a los talones a las de Elena.
Parecía que Rodrigo se había estancado un poco en su carrera durante los últimos dos años.
El privado de Rodrigo estaba en la misma dirección, así que iba caminando unos pasos detrás de él.
Al pasar por el cuarto de Enzo, echó un vistazo por inercia y se dio cuenta de que Elena estaba ahí.
Soltó una risa burlona.
Era justo como le había dicho Adriana, esa tal Elena sabía perfectamente cómo enredar a cualquier tipo de hombre.
Con lo inocente que era Adriana, no le sorprendía que siempre saliera perdiendo.
Había invitado a Adriana a cenar esa noche; cinco minutos después, ella entró al privado.
Como todos sus proyectos estaban en el extranjero, no había ningún conflicto de intereses con el Grupo Romero.
Además, Adriana confiaba ciegamente en él y sabía que nunca la perjudicaría, así que le pasó los papeles sin dudarlo.
Rodrigo le dio una leída rápida a la propuesta y su expresión fue cambiando poco a poco.
Adriana le preguntó:
—¿Qué tal? ¿Qué te parece?
Rodrigo levantó la mirada, visiblemente impresionado.
—¿Tú escribiste esto? El enfoque me dejó con la boca abierta.
Adriana se acordó de que a Rodrigo también le habían gustado los proyectos de Elena, lo que le causó un ligero coraje.
Sin embargo, como ese proyecto ahora era suyo, afirmó sin titubear:
—Sí, yo lo hice.
—Adriana, eres un genio. Tu talento para la investigación se está desperdiciando en el Grupo Romero. Si entraras a uno de los mejores laboratorios del mundo, seguro te harías de un nombre a nivel internacional —la halagó Rodrigo con toda sinceridad.
A Adriana se le revolvió el estómago de envidia.
¿De verdad Elena era tan buena?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....